sábado, 17 de junio de 2017

Test plantillas ARES: 4X1000m

El lunes tuve la suerte de recibir un par de plantillas de la empresa italiana "Project Ares". Es un prototipo nuevo, resultado de varios años de investigación y que están diseñadas para convertir una zapatilla normal en un auténtico resorte.

Fibra de carbono y Kevlar son los materiales de los que están hechas y su módulo elástico elevado permite que, cuando impactas con el suelo, devuelvan instantáneamente esa energía y ayuden a impulsarte. ¿Resultado? Pues que se corre más rápido.

Esta es la teoría, pero yo, que soy bastante escéptico para estas cosas, quise experimentar por mi cuenta y sacar mis propias conclusiones al usarlas. Llevo solo una semana con ellas y he hecho la primera prueba que voy a describir a continuación tras la cual saco las siguientes conclusiones (personales):

1. Las sensaciones al ponerlas son brutales. Notas como la pierna sale disparada hacia delante haciendo efecto catapulta. He probado todo tipo de voladoras, desde voladoras muy nobles y blandas como las Type A5 de Saucony, hasta voladoras súper reactivas (para mí las que más) como las Takumi Sens, de Adidas. Pero las plantillas convierten cualquier zapatilla en algo parecido a llevar unas de clavos de pista.

2. La mejora de ritmo obtenida fue de un 3,8% en ritmos cercanos a 3'/km y de un 4,7% a ritmos de 3:20'/km. Es decir, con el mismo pulso he hecho un 1000 a 3:20'/km sin ellas y otro a 3:11'/km con ellas. Esto supondría bajar de 33:20 a 31:50 en 10 km, que es una barbaridad la diferencia.

3. Medí los parámetros de dinámica de carrera para ver cuál de ellos tiene más peso en la ganancia de velocidad. Por este orden: longitud de zancada (+2,3-4,2%), tiempo de contacto con el suelo (-1,6-3,6%) y cadencia (+1%), son los parámetros medidos que más se modifican al correr con plantillas.

video


DESEMPAQUETANDO
Como veis, las plantillas vienen como si fueran un diamante. En una caja muy "pro" y con un diseño moderno y cuidado. Al cogerlas por primera vez me recordaron a la suela de una zapatilla de ciclismo de carretera: súper rígidas pero con un acolchado aparentemente cómodo por donde se apoya el pie. La durabilidad de la placa rígida dicen que es ilimitada, mientras que al acolchado le estiman 8 meses de uso diario. En caso de desgastarse esta parte se pueden enviar y te las arreglan a un precio menor de lo que cuesta la plantilla (o eso he leído).

 





SENSACIONES
La primera vez que las puse fue como cuando probé las zapatillas de clavos de pista: Dureza, reactividad e impulso. Hice unas rectas con ellas y sin ellas alternativamente, y con varios tipos de zapatillas. En todas las zapatillas en las que las metí noté las mismas sensaciones: transforman la playera en el equivalente a unas de clavos pero con la ventaja del acolchado de las zapatillas donde las pongas. Me llamó también la atención que cuando empiezas a correr y, sobre todo, cuando más rápido vas, menos notas lo duras que son pero más notas el efecto muelle.
Aún así, no quise hacerme ilusiones solo por hacer unas rectas y preferí esperar a hacer una prueba objetiva, con tiempos, cronómetro en mano y midiendo todos los parámetros posibles.

TESTANDO LAS PLANTILLAS: SERIES 4X1000m
El test lo llevé a cabo a las 14:00h del Miércoles 14 de Junio, en el complejo deportivo de la Sniace (Torrelavega), en un día de mucho bochorno por la humedad. Las zapatillas utilizadas fueron las Saucony Kinvara 6, una zapatilla mixta muy blandita, casi de Natural Running.



Para comprobar realmente si las plantillas dan un extra de ritmo, hice 4 series de 1000 metros alternativamente sin y con plantillas. Las recuperaciones eran de 3 minutos, bajando hasta 80 ppm aproximadamente, y las series las organicé en dos bloques.

- 1er bloque: 1000m sin plantillas a 160ppm + 1000m con plantillas a 160ppm
- 2º bloque: 1000m sin plantillas a 170ppm + 1000m con plantillas a 170ppm

Los resultados de cada bloque son los siguientes:



CONCLUSIONES

-  Las mejoras en ritmo obtenidas están entre un 3,8% (ritmos cercanos a 3'/km) y un 4,7% (ritmos cercanos a 3:15-20'/km).

 La longitud de zancada es el parámetro que más cambia al poner las plantillas. Entre un 2,3% y un 4,2%.

 El tiempo de contacto con el suelo disminuye también entre un 1,6% y un 3,6%.

 La cadencia es ligeramente más alta con plantillas, aproximadamente 1% más en ambos bloques.

 La oscilación vertical no se modifica, todo el impulso que te dan las plantillas es utilizado para avanzar y no para elevarte, aunque esto depende de la técnica de carrera que cada uno tenga.


En resumen, aunque aún es pronto para sacar conclusiones definitivas, todo apunta a que realmente sí, las plantillas ayudan a correr: alargan tu zancada y reducen el tiempo de contacto con el suelo. Yo, más que con los números, me quedo con las sensaciones que transmiten en cada zancada. Sentir ese rebote contra el suelo es una experiencia cuanto menos curiosa.

Aún me quedan pruebas por hacer y me gustaría testar al menos las siguientes condiciones:
1- Series de 1000m a tope con y sin plantillas: Aquí veríamos su verdadero potencial y si de verdad ayudan cuando vas al límite de tus posibilidades.
2- En una tirada larga de más de 20', donde quiero comprobar si en situación de fatiga muscular se les puede sacar partido igualmente.


Cualquier duda o interés que tengáis en probarlas, dejad un comentario aquí debajo o escribidme a pelayofelechosa@hotmail.com

jueves, 8 de junio de 2017

ECOTRIMAD (Half Ironman): Un día de locos...

Agárrense que vienen curvas, y yo seré el conductor de esta sinuosa crónica en la que voy a contar lo ocurrido en el Ecotrimad, triatlón de distancia Medio Ironman disputado el Sábado 3 de Junio en Buitrago de Lozoya (Madrid) y tercera prueba de la Copa de España de Media Distancia.

El origen de los orígenes de esta carrera la sitúo nada más cruzar la línea de meta en Pamplona, hace tres semanas, en el Campeonato de España de Media Distancia. Aquel octavo puesto me hacía sumar los puntos suficientes como para ponerme tercero provisional en la clasificación de la Copa, tras Gustavo Rodríguez y Pablo Dapena. La siguiente prueba sería el Ecotrimad (Madrid, 3 de Junio) y la siguiente Valencia 113 (11 de Junio). En mis planes estaba solo correr Valencia, pero se presentaba una oportunidad única de ponerme líder de la Copa si acudía a la prueba Madrileña, pues la ausencia de Gustavo y Dapena, me aseguraba, prácticamente solo con acabar, ese primer puesto momentáneo. "¡Tienes que ir a Madrid!" Me dijo Miguelín nada más cruzar la meta en Pamplona. Aún exhausto del esfuerzo de esa carrera, tomé la decisión de correr en Buitrago de Lozoya, una pequeña locura en la que me he metido que implica hacer dos medios Ironman en una semana.

Equipo de "Los Apaleaos"

Hoy os voy a contar lo que finalmente sucedió en la carrera de Buitrago, pero adelanto que fue una de las pruebas con más complicaciones que he vivido... Porque vale que se te baje el sillín en un duatlón de 20 km de bici (Torrelavega 2016), pero que te pase en el km 10 del segmento ciclista de un Medio Ironman no tiene gracia... Hubo más.... ¡Empezamos!

El viernes por la tarde pusimos rumbo a la localidad madrileña de Buitrago Pablo Guiérrez, Sergio Bolado y yo. Pablo nos hacía de chófer y de animador, mientras que Sergio y yo bajábamos a Madrid con la idea de "rascar" buenos puntos para la Copa de España. Llevaba toda la semana dándole vueltas a la página web de "eltiempo.es", buscando, cada vez que entraba, que se produjera un milagro y que la lluvia, rayos y centellas que se preveían para el día y la hora de la carrera, se convirtieran en un sol radiante... Pero no hubo suerte. Las previsiones meteorológicas eran catastrofistas y yo, con el miedo que tengo a la bici en condiciones de lluvia, me iba desmotivando poco a poco. El remate llegó tras reconocer el circuito ciclista en coche. Dos vueltas de 37 km por un sinuoso trazado con constantes subidas y bajadas... ¡Y qué bajadas! Con el suelo seco se pueden hacer a fondo, pero con el suelo mojado y la velocidad a la que se entraba en las curvas, el riesgo era máximo. Ligeramente acojonado me fui a dormir, soñando con que el hombre del tiempo le diera la vuelta a la tortilla.

Bonito atardecer en el campo de batalla (Buitrago de Lozoya)
Amanecí nervioso el día de la carrera, corrí las cortinas y al ver el sol se me iluminó la cara. Cogí el móvil y volví a consultar la previsión... Lluvias torrenciales y descargas eléctricas a partir de las 12 y hasta las cinco de la tarde.... ¡Cojonudo! ¡Justo a la hora de correr!

La teoría del caos llevada a la práctica
Pese a todo, las sensaciones físicas eran buenas. A Madrid llegaba tras haber hecho los mejores entrenos del año, la semana pasada, y con la sensación de que si no teníamos un clima adverso, podría estar luchando por el pódium. Un pódium que aún así iba a estar muy disputado en categoría Elite. A los previamente inscritos como José Andújar, César Pereira, Jordi Pascual, Mikel Otaegui, Ivan Suárez o Sergio Bolado, se unían a última hora Ángel Salamanca y Pablo Martín, estos dos últimos un peldaño por encima del resto de competidores y que echaban un poco al traste las opciones de victoria. De todas formas, como siempre digo, en las pruebas de Media Distancia hay que pelear hasta el último metro y no dar tu puesto por bueno hasta que no cruces la línea de meta.

Armadura lista

Pica el sol, pero que aguante...
Con esta premisa fui para la zona de salida en el canal que conecta con el embalse de Riosequillo. Recorrí en sentido inverso lo que luego sería la primera transición, y espantado me quedé al ver ese “kilómetro vertical” de alfombra roja que conectaba el agua con los boxes ¡una auténtica cronoescalada! Brutal esa transición, todo cuesta, hacia arriba y que nos haría llegar a la bici con el contador de revoluciones al rojo vivo.

Cronoescalada: Primera parte

Cronoescalada: segunda parte

Más tensos que Frodo en una joyería (Foto: Fermín Martín)
Con algo de retraso fuimos citados los Élite en cámara de llamadas. Era la una del medio día y, como si de un cuento de terror se tratara, en ese momento de tensión antes de echarnos al agua, el cielo se tornó negro y comenzó a llover... ¡Ya está liada! Lo que habían anunciado se estaba cumpliendo y, no solo la lluvia, sino también trombas de granizo, cayeron sobre nuestras cabezas.

Nos tiramos al agua los 30 Elites masculinos, colocándonos tras una corchera a la espera de oír el bocinazo de salida. Sin calentar y con la cabeza puesta en lo mal que lo iba a pasar en bici, me vi nadando hacia una primera boya que estaba a 500 metros de distancia. Como siempre, la salida fue algo accidentada y mi falta de sprint al principio me hizo perder posiciones y  quedar atrapado.

Noooo, si aquí nadie empuja la cuerdita de boyas... jeje (Foto: Fermín Martín)
Habiendo aprendido la lección en Pamplona, en vez de insistir en buscar hueco entre la maraña de piernas y brazos, decidí, pronto, abrirme para la izquierda y nadar tranquilo. Escogí el lado izquierdo porque la primera boya se giraba en ese sentido, y a mí me gusta coger las boyas por dentro. Sin referencias de a la altura de qué grupo iba nadando, fui cubriendo los primeros metros en solitario, pero sin separarme mucho de la espuma blanca que el resto de triatletas dejaban a su paso. Tenía la sensación de ir avanzando puestos y sobrepasando grupos. Sin duda me había quedado muy retrasado en la salida, pero los 1900 metros de nado son suficientemente largos para colocar a cada uno en su sitio. Llegué a la primera boya solo, con pocos triatletas por delante, aunque bastante destacados (intuyo que el grupo de Salamanca, César Pereira y Jordi Pascual, entre otros). Cubrí los 50 metros hasta la segunda boya (de nuevo de izquierdas), y tras hacer un poco de braza y ubicar el siguiente objetivo, seguí nadando a mi ritmo, rumbo a otro flotante blanco que, en esta ocasión había que dejar a mano derecha.

Búscate si hay narices...(Foto: Fermín Martín)
Y fue en esta tercera boya donde se lió la primera del día. Antes de la salida, los jueces que estaban con nosotros nos indicaron la OBLIGATORIEDAD de pasar por la izquierda la tercera boya, a pesar de que ello suponía desviarse bastante de la trayectoria natural del cauce del río. Yo, haciendo caso de las indicaciones de los oficiales, me dirigía gustoso y feliz a hacer el giro cuando oí un silbato pitando desde la barca que estaba en esa boya. No entendía muy bien el motivo y por eso seguí nadando hacia allí. Cuando estaba a 50 metros de llegar levanté la cabeza y vi que el oficial me decía con el dedo que por allí no era, que fuera recto a por la siguiente ¡Nos ha jodido! Todo el grupo que llevaba detrás y que me seguía rectificó antes que yo, y cuando lo hice ya me habían adelantado muchos de ellos. Los puestos recuperados al principio de la natación se fueron al traste de un plumazo.

Empieza a granizar (Foto: Fermín Martín)
La mala leche que me entró me hizo pegarme un calentón innecesario hasta la verdadera tercera boya, que estaba bastante lejos, volviendo a ponerme primero del grupo y con terreno libre para nadar. Pero esta vez se pegaron a mis pies y lo que quedaba de la natación me tocó dar la cara. Salí del agua con la sensación de haber nadado muy bien y, a la vez, de haber perdido la oportunidad de sacar tiempo en este segmento. Toqué tierra el séptimo Élite, una de mis mejores nataciones de siempre, si no tenemos en cuenta el desvío que tuve que hacer.

Ese toque "épico" de las fotos al salir del agua
Pero fue salir del agua y el "colocón" que llevaba por haber tenido que girar la cabeza para ubicarme constantemente (no es lo mismo ir a pies que ir tirando del grupo y tener que orientarse) me hizo subir los primeros metros de la cuesta de la transición caminando, perdiendo algún puesto frente a rivales como Andújar. Cuando por fin cogí aire y me deshice de la parte de arriba del neopreno, pude empezar a trotar. Un trote tranquilo, pues la cuestecita se las traía y correr descalzo un kilómetro hace daño a los pies. Llegué a boxes como un pato mareado, el noveno y a 4 minutos del líder, Ángel Salamanca, pero lo peor estaba por venir.

Entre un pato mareao y este energúmeno de la foto hay poca diferencia
Me tomé con calma el cambio de equipación, bebí un trago de la botella de Full Isotonic de Keepgoing que dejo siempre en boxes para la T1, cogí la bici y salí tras Sergio Bolado  (me había recortado los 15 segundos que le saqué en el agua)  a afrontar los eternos y angustiosos 75 kilómetros de ciclismo.

Empieza el Show
Un circuito duro, con 1100 metros de desnivel positivo acumulado y el suelo mojado por la lluvia que caía (antes granizo) era el escenario perfecto para hacer estragos y cobrarse algunas víctimas. La primera, fruto del infortunio y debido a un pinchazo (creo) fue la de José Andújar. El joven corredor y rival directo para la Copa de España tuvo que abandonar antes del primer kilómetro. Sabiendo que el inicio del segmento era hacia arriba, tenía que aprovechar esa circunstancia para ganar todo el tiempo que luego fuera a perder en las bajadas. Empecé fuerte, adelantando a Sergio y yéndome solo para delante. No veía a nadie en el horizonte pero las piernas iban y las sensaciones eran cojonudas en estas primeras rampas.

Parezco bueno y todo....

Aquí todavía el aparato iba bien
Subo con fuerza y llego al primer alto. Comienzo la bajada y lo hago de forma tranquila y segura. No me la pienso jugar lo más mínimo. Voy contando los segundos que faltan para que me empiecen a quitar las pegatinas los de detrás, pero pasan los kilómetros y, sorprendentemente, nadie me adelanta ¿irán todos como yo? la respuesta es no. Sergio, que venía detrás no me pudo pasar en esa primera bajada porque en la tercera curva se hizo un recto y se fue a visitar los pastos madrileños, perdiendo bastante tiempo. Pero antes de que la carretera se tornara de nuevo hacia arriba, dos flechas, las del ex-ciclista profesional Iván Suárez (Insu) y la de Pablo Martín, me adelantaron como si yo fuera en un triciclo. ¡Santa humillación! ¡Joder!, sé que estaba bajando despacio, pero ¿tanto?
No hice amago de seguirles y al poco llegamos al cruce de la Presa de Fuentes Viejas: unos 400 metros de adoquín que, cuando lo cruzamos en coche el día anterior no nos dimos cuenta del efecto batidora que tiene al pasar en bici.

Sin duda los paisajes de la bici merece la pena que sean retratados (Foto: Fermín Martín)
Entré un poco “fuerte” en la zona adoquinada y la bici empezó a vibrar. Preocupado porque mi Garmin no saliese volando, estuve más pendiente de sujetarlo que de dar pedales y avanzar. Y cuando por fin salí del traqueteo de los adoquines fui consciente de la que se había liado... Al sentarme en el sillín para afrontar el 1,5 km al 7% que venía a continuación, me noté muy raro, como más encogido encima de la bici. ¡Como para no estarlo! Por culpa de las vibraciones el sillín se me había bajado 5 centímetros e iba sentado en la bici como los de la serie “Verano Azul” ¡Qué putadón!, así de claro. El único consuelo fue ver que si no se había bajado hacia abajo del todo fue gracias a que la pegatina del dorsal que llevamos en la tija había hecho de tope y obstaculizaba el desplazamiento del sillín.

Apaleado al cubo
No lo pensé demasiado durante la subida, porque esta la hice prácticamente de pie, pero cuando me tocó volverme a sentar para acoplarme, me era imposible ir cómodo. Pero las desgracias no vienen solas, ni siquiera de dos en dos, en este caso vinieron de tres en tres. A la bajada del sillín se le sumó el descentre de la rueda delantera, que se apoyó contra la zapata derecha, frenándome la bici y haciendo un ruido insoportable y una resistencia extra en contra del avance. Y para rematar, en el "adoquín de las lamentaciones" mi bidón de geles salió despedido sin darme cuenta. ¿Resultado? 65 kilómetros por delante, sin comida, con la bici frenada, el sillín bajado y lloviendo ¿alguien da más? Me vine abajo psicológicamente. Las ganas que me estaban entrando de apretar se esfumaron y la poca esperanza que me quedaba se diluía en cada pedalada rascando la zapata.

¡Pero si yo quería tirar pa boxes! ¿una vuelta más? ¡No jodas! (Foto: Fermin Martín)
Mientras mi cabeza era un dilema y se debatía entre el abandono o seguir, Sergio Bolado llegó por detrás, acompañado de otro triatleta madrileño, y su pasadita me sirvió para olvidar por momentos mis penurias. Traté de distraer la mente y seguirles, haciendo un esfuerzo enorme para que no se me fueran en las subidas, pero en las bajadas me era imposible aguantar el ritmo. Conseguí mantener a Sergio a tiro hasta el kilómetro 30, momento en el que Mikel Otaegui, viniendo desde atrás, nos adelantó y Sergio subió una marcha para tratar de seguirle, dejándome en la estocada, con la puntilla en el cuello y hundido.

Con más pena que gloria conseguí llegar al punto de giro, y mientras lo hacía, llorando incluso de rabia por la situación, cada vez tenía más claro que allí se iba a terminar mi carrera. "Pie a tierra y pa casa", era lo más sensato en vistas a tener que completar otra vuelta de bici pedaleando de pie y sin comida. Lo tenía claro, en el punto de giro abandonaría. Pero es curioso cómo, a veces, hay un fondo de armario en el cerebro que, sin que tú le mandes, hace lo contrario a lo que uno tiene pensado, y en vez de girar a la izquierda hacia boxes para retirarme, me vi pedaleando de nuevo cuesta arriba, rumbo a una nueva vuelta de 35 kilómetros "¿a dónde vas Pelayín?" Pues sinceramente, en ese momento no habría sabido responder, pero había un "Pepito grillo" en mi cabeza que me gritaba en silencio "¡¡¿¿cómo leches te vas a retirar después de haber preparado tanto esa carrera, después de haber sacado entrenos duros adelante en condiciones adversas, después de plantarme en Madrid, después de haber creado ilusiones en mis amigos y compañeros, después de haber sentido el ánimo de mis padres y, sobre todo, cómo iba a decepcionarme a mí mismo de esa forma?!!" Sabía que si me retiraba me iba a arrepentir, y a día de hoy confirmo que la opción de seguir fue finalmente la más acertada.

Venga que ya queda menos Pelayín (Foto: Fermín Martín)
Al empezar la segunda vuelta traté de distraerme con cualquier cosa. Ir cruzándome con la gente de grupos de edad durante los primeros 5 kilómetros de vuelta me sirvió para espantar los fantasmas del abandono y disfrutar un poco de la prueba y los paisajes. Además, había dejado de llover y el sol “picaba” de lo lindo, ideal para ir transformando mi blanco nuclear en moreno. Las bajadas, que tan peligrosas me parecieron con lluvia, se tornaron en "divertidas", ahora que el piso estaba seco.

Llegué de nuevo al fatídico lugar donde se produjeron las calamidades y esta vez crucé con mucho cuidado el adoquinado, al paso por la presa de Puentes Viejas. Mientras vibraba como una batidora iba pensando que si en la primera vuelta el traqueteo me había descuajeringado la bici, quizás otro meneo lo pusiera todo en su sitio de nuevo. Pero no, al salir del adoquín todo seguía igual.

Las piernas no iban mal, aunque la rampita del 7% posterior al cruce de la presa se me atragantó un poco. Aproveché esta zona de subida para levantar la cabeza y buscar triatletas en el horizonte. Reconocí la figura de Sergio Bolado en lo alto de la cuesta, cuando yo aun no había empezado a subir, mientras que por detrás no tenía a nadie a la vista.

Echando el higadillo
Más solo que la una seguí sumando kilómetros, sin dejar de apretar, pero con prudencia, por miedo a quedarme sin gas. No tenía geles, y en los avituallamientos la organización tampoco los daba. Paredes de Buitrago, Serrada de la Fuente o Berzosa de Lozoya eran algunos de los preciosos pueblos madrileños ("entachuelados" de narices, esos sí) por los que debíamos pasar. Rampa arriba, rampa abajo el segmento ciclista del Ecotrimad llegaba a su fin, y con él la penitencia que tuve que pagar en esta carrera.

"Cinco kilometrinos más y está hecho. Te bajas de la bici y solo es correr una Media Maratón ¡chupao!", iba diciéndome a mí mismo. Llegué a Buitrago de Lozoya con la intriga de saber la minutada que me había caído en bici y la sangría de posiciones. Tampoco tenía muy claro lo que iba a poder remontar y si las piernas responderían en la carrera a pie al hecho de haber corrido en bici prácticamente de pie todo el tiempo y no haber comido. Los 1100 metros de desnivel positivo en 75 kilómetros, en contra de lo que puede parecer, me beneficiaron, pues ir de pie en los repechos era necesario, así que el hecho de llevar bajo el sillín no me penalizó tanto como hubiera pasado en una bici llana y de ir acoplado.

¡Qué ganas de soltar la "cacharra"!
Aparecí por el campo de fútbol donde estaban los boxes como alma en pena, a casi 15’ del primer clasificado (Pablo Martín), y a 9 minutos del pódium. Con calma me bajé de la bici y corrí con ella en mano hasta mi sitio. El alivio de haber llegado sano y salvo a la transición contrastaba con el bloqueo muscular que sentí en esos primeros metros corriendo descalzo. A diferencia de otros Medios Ironman, esta vez tuve que sentarme en el suelo para calzarme. Me lo seguí tomando con tranquilidad, mis piernas me pedían tregua, y creo que fue lo mejor que hice. Aproveché para darle al cuerpo unos segundos de respiro mientras me ponía los calcetines, las zapatillas, la gorra y me lanzaba a por la media maratón.

Salimos de boxes y empieza lo bueno
¿Qué tendrá este último sector de los triatlones que aunque vaya "apaleao" como el que más, despierta en mí un plus de motivación y me hace sacar todo lo que llevo dentro? Me encanta correr y lo disfruto, tanto entrenando como compitiendo. Saber que solo me quedaba mi sector favorito me hizo olvidar lo ocurrido, resetear la mente, centrarme en lo que tenía por delante y, por qué no, intentar maquillar un resultado que hasta el momento era una incógnita. Pero como en cualquier problema de matemáticas, paso a paso se van despejando las incógnitas, y a los pocos metros de salir de boxes los ánimos de Pablo y la gran noticia que me dio al decirme que iba noveno, dejaron la "x" prácticamente resuelta. Recapitulando, noveno puesto, a 1 minuto del octavo, a 2 minutos del séptimo, a 3 minutos del sexto, a 5 minutos del quinto y del cuarto, a 9 minutos del tercero, a 12 minutos del segundo y a 15 minutos del primero.

Trail por Buitrago
¡Qué subidón! Empecé a echar cuentas y mi peor puesto en la Copa de España era un 8º en Pamplona. En Madrid todavía tenía la oportunidad de mejorar puntos y sumar para ponerme líder. ¿Cuántos? Estaba por ver.

Si algún día os piden que recomendéis un triatlón de media distancia por su dureza en la carrera a pie, recomendad el Ecotrimad... ¡Qué media maratón! Era un auténtico trail, con constantes subidas y bajadas, curvas técnicas, piedras, barro, agua, suelo roto por el diluvio de los días precedentes. Tenía todo lo que se le puede pedir a una carrera de montaña. En el primer kilómetro pensé en que podría haber ido con unas zapatillas de trail, o incluso con clavos y no hubiese pasado nada. Pero no. Ahí estaba yo con mis voladoras, con mis New Balance Hanzo, unas zapatillas pensadas para carreras de 5 km en asfalto (10 km como mucho) y a las que estaba sometiendo a prueba por los pedregosos caminos de la sierra de Madrid en una Media Maratón. Me encanta correr con voladoras, sentir el rebote en el suelo y la sensación de salir disparado en cada zancada. Sea cual sea la distancia o el terreno siempre me veréis calzando uno u otro tipo de voladoras.

Seguimos por el campo, ligeramente apaleado
Pasé el primer kilómetro controlando el ritmo para no pasarme de vueltas en las cuestas, y no tardé en tener a la vista a mi compañero Sergio. Le di caza en el kilómetro dos, justo al paso por el primer punto de avituallamiento. Él, con el dedo meñique roto, le estaba echando unos huevos como los del caballo de Espartero, y había puesto la marcheta "Ironman" para acabar como fuera este triatlón y sacar buenos puntos para la Copa de España. Pasé a ser octavo en ese momento y, coincidiendo con la larga recta sobre el muro de la Presa de Puentes Viejas, atisbé, al fondo, a unos 300 metros, al que en ese momento era el séptimo clasificado. Mientras corría a por esos 5 puntitos extra para la clasificación de la Copa, me fui cruzando con los primeros, que volvían. Ángel Salamanca fue el primero en cruzarse conmigo, aunque no era el líder, pues Pablo Martín, muy destacado, ya había pasado antes de que yo llegara a la zona donde podíamos coger referencias. Detrás de Salamanca, a un mundo, iba Iván Suárez, cuarto Jordi Pascual, quinto Cesar Pereira y sexto Otaegui. Más o menos 2 minutos me separaban de esa sexta plaza; demasiado lejos como para pensar en ella en ese momento. Había que centrarse en objetivos cortoplacistas. Y el corto plazo pasaba por "pescar" el séptimo puesto, con el cual me hice en el kilómetro 5 tras superar a Juan Benjumea.

 Llegué de nuevo a la zona de avituallamiento, donde bebí agua y, tras una leve mirada hacia atrás, me llevé un buen susto. Un chico de rojo venía como un rayo recortándome “¿quién leches me estaba echando el guante?” Vale que no estuviera teniendo mi mejor carrera, pero creo que tampoco estaba corriendo lento y ver que alguien me perseguía en la carrera a pie fue una sensación rara, novedosa y sorprendente. Seguí a mi ritmo, haciendo el bucle entre el kilómetro 5,5 y 7,5 por caminos de tierra, teniendo que subir una cuesta donde al mirar el reloj el ritmo se iba por encima de 5'/km.


La alfombra esta no está mal para correr
El mosqueo al ver que mi perseguidor me estaba echando el aliento en el cogote me hizo apretar un poco los dientes antes del final de la primera vuelta. Pero antes de poner esa marchita más tuve que tomarme el bendito gel del kilómetro 7. Esta vez no alargué más su toma, realmente lo necesitaba y su efecto fue inmediato. El gel “Activation Mixed Berries” de Keepgoing, me dio un plus al minuto y poco de haberlo tomado que me hizo revivir y poder llegar a la zona de boxes con alegría, para completar la primera de las dos vueltas. Mitad del trabajo hecho y con un séptimo puesto momentáneo que si me lo dicen hacía menos de una hora no me hubiese creído. Vale que esta era una carrera para haber luchado por el pódium, pero las circunstancias no me lo permitieron así que yo ya estaba más que feliz solo con ir camino de ser “finisher”.

A la motivación de recibir de nuevo los ánimos de Pablo al pasar por meta, se unió el inesperado hecho de encontrarme por el camino con César Pereira y ponerme sexto momentáneamente a falta de un giro. Otros cinco puntitos para la hucha y todavía 10 kilómetros de trail por delante para seguir remontando.

En esta segunda vuelta ya se empiezan a juntar doblados de grupos de edad, a los que cuesta adelantar por la estrechez e irregularidad de algunas partes del camino. Voy haciendo un entretenido "slalom" durante la subida, animado por varios de los triatletas a los que pasaba e intentando devolver yo los ánimos a quienes me los daban a mi o veía que iban más jodidos.

Últimos kilómetros recogiendo margaritas
Y casi sin querer, en la bajada hacia la presa, vi a Mikel Otaegui delante, a menos de 100 metros. Quinto puesto a tiro. Llegué donde él, tomé aliento 10 segundos y seguí a mi ritmo tras darnos ánimos mutuamente. Rondaba el kilómetro 14, y tuve que retrasar la toma del segundo gel un poco para evitar bajar el ritmo nada más pasar a Mikel. Ya de vuelta hacia el avituallamiento del 16 pude degustar mi segundo gel ¡qué hambre! De nuevo fue como si hubiese bebido de la pócima mágica de Asterix y Obelix. Pocas veces había notado tan radicalmente el efecto de los geles, pero en Madrid, la circunstancia de no poder comer durante la bici hizo que mi cuerpo fuera en déficit toda la prueba y agradeciera cualquier aporte, respondiendo con energía.

Última subida dura y ya los 3 kilómetros finales eran favorables. “¿Dónde estará el cuarto?” me iba preguntando. Pero por más que levantaba la cabeza no conseguía identificar a Jordi Pascual. La diferencia debía de ser grande. Aun así, no quise dejar de correr en el tramo final, ya en bajada hacia Buitrago.


Que síiiiii, que te he visto, Pablo
Últimas curvas alrededor del Colegio Gredos San Diego, donde más concentración de público había, y directo a meta en el estadio de fútbol, cruzando el arco 5º y sintiendo una satisfacción personal enorme, más que por el puesto, por haber sido capaz de vencer a mi mente, que tan caprichosa se puso durante la bici, y completar el quinto Half de mi vida triatlética (el tercero este año tras Orihuela y Pamplona).

Una mano bien echada siempre es de agradecer. ¡¡META!!
¡Qué pasada! No me podía creer que en una carrera en la que estuve a punto de retirarme y en la que lo pasé tan mal en bici, hubiese acabado así de bien. Si algo he aprendido en el Ecotrimad es que no se pueden bajar los brazos hasta cruzar la meta. Un Medio Ironman es “UN MUNDO”, una montaña rusa de sensaciones, donde tan pronto estás arriba como abajo, en la miseria. Lo importante es convencerse de que esos momentos de miseria van a ir seguidos de momentos buenos y que en cuatro horas de carrera hay tiempo para que los malos momentos se arreglen. Con esa premisa debo salir siempre a competir.

¿Y la recompensa?
Pues la recompensa es, nada menos que ¡PONERME LIDER DE LA COPA DE ESPAÑA DE TRIATLÓN DE MEDIA DISTANCIA ELITE! Aunque se trate de una posición virtual, porque Gustavo y Dapena solo han corrido 2 carreras, a mí me hace mucha ilusión y me motiva infinito para seguir entrenando con ganas y no bajar los brazos. Esto es como cuando un equipo modesto de fútbol se pone líder de la liga en la jornada 3. Todos sabemos que va a durar poco en ese puesto, pero la alegría de verse una semana en lo más alto es indescriptible. De momento vamos a disfrutar del pastel.

Además, mi compi Sergio Bolado, con su noveno puesto ELITE en el Ecotrimad se pone segundo en la Copa. Dos federados en Cantabria liderando el ránking Nacional.

Primero y segundo de la Copa de España
Y con esto y un bizcocho (el que Almudena me tenía preparado al llegar a Santander, mil gracias), hasta la semana que viene: Valencia 113, lugar de mi debut en la distancia, hace un año. El domingo vuelvo a ese primer escenario que me hizo descubrir una modalidad, el Medio Ironman, que me ha encandilado, y en la que ya voy camino de mi sexta participación. Pero esta vez vuelvo con otra mentalidad, con más experiencia y objetivos ambiciosos. Como dice el míster Ricardo Lanza: “Pelayo, tú mentalízate de que tienes que salir a ganar, luego puede que no ganes, pero hay que salir a por lo máximo”. Pues con esa premisa nos vamos a la capital del Turia.

¡A por ello!


domingo, 21 de mayo de 2017

CTO DE ESPAÑA DE TRIATLÓN DE MEDIA DISTANCIA (PAMPLONA): ¡OCTAVO ÉLITE!

Antes de empezar, quiero agradecer públicamente a FotoTri, Imanol Mujika, Marta Bolado, Pablo Gutiérrez y Festak.com por las pedazo de fotos que nos hacéis en cada carrera y sin las cuales esta crónica sería infumable. "MIL GRACIAS"

Si ya de por sí me resulta fácil escribir cualquier crónica, las hay, como esta, que casi se escriben solas. El pasado fin de semana se disputó el Campeonato de España de Triatlón de Media Distancia, en Pamplona. La cuarta carrera consecutiva en mi particular calendario y la última antes de darme un respiro competitivo de tres semanas.

A Pamplona llegué en el mejor estado de forma de mi vida. Las carreras anteriores, unidas a la base de entrenamiento que fui cogiendo en los meses de invierno, me hicieron llegar a la "prueba objetivo" con unas sensaciones tan buenas que me daba "respeto" creérmelas. Era la primera vez que disputaba un Campeonato de España Élite. Ya no había excusas, el sexto puesto de Orihuela me había servido para quitar las dudas sobre mi rendimiento en este tipo de carreras que se van por encima de las 4 horas de duración, y ante rivales de mucho nivel.


El viernes, camino de Pamplona, iba pensando en lo que se podía cocinar al día siguiente. Repasaba la lista de inscritos y todos, o casi todos, eran conocidos. Y no por tener amistad con ellos, precisamente, sino de verlos ganar otras carreras o estar delante en la mayor parte de las competiciones, es decir, por ser "gallos" de la Media Distancia. Gustavo Rodríguez, Joan Ruvireta, Fernando Barroso, Daniel Bayón, Pablo Dapena, Ángel Salamanca, Cristobal Dios, Raúl Amatriaín, LLuis Vila, Ariel Hernández, Daniel Mujica, Pedro Andújar, Ivan Cáceres, Nacho Villarruel, Alberto Bravo, Roberto Cuesta, Jaime Menéndez de Luarca, Josep Torres, Eduardo Chordá, Javier Cardona, Andrés Carnevali... son solo una pequeña muestra del nivel de este Campeonato de España. Sin atreverme a pronosticar cuál era mi sitio, llegué a Pamplona con la ilusión de un niño en la noche de reyes, con la intriga de despertarme en meta y descubrir mi lugar, mi regalo. Soy una persona a la que le cuesta creer en sus posibilidades. Muchas veces me subestimo y me amilano antes de medirme en carrera. No me gusta la presión de salir con expectativas demasiado altas y después darme el batacazo, prefiero ser prudente, pero en esta ocasión, algo me decía que iba a ser distinto, que iba a ser un buen día y que lo iba a hacer bien. Subido en una nube de confianza, la noche antes quise testar en las redes sociales la idea que tendría la gente sobre mi rendimiento en esta carrera, y me llevé una sorpresa. La mayoría apostaba por un Top 10 (personalmente y viendo el cartel de salida yo lo veía inalcanzable), y particularmente me sorprendió ver que la mayor parte de los que hicieron el pronóstico me situaban entre el 5º y el 10º... Parece que la gente sabe más de triatlón de lo que pensaba.


Tras recoger el dorsal y bolsas de la transición, y ver la reunión técnica desde la habitación del hotel (bendito Facebook y sus retransmisiones en directo), me fui a dormir soñando con el día de mañana, con el arco de meta, con las calles pamplonesas llenas de gente y con el pañuelo San Ferminero de "finisher" que te ponen al cuello al llegar.

El sábado amaneció despejado. Buena señal, pues los pronósticos durante la semana eran inciertos. La carrera empezaba a las 14:00h pero la salida de la natación estaba ubicada a unos 40 km de Pamplona, en el embalse de Alloz. Desde allí cogeríamos la bici rumbo a Estella, Puente la Reina y, por último, Pamplona, dejándo nuestro caballo de batalla en la Plaza del Castillo y recorriendo, a continuación, 3 vueltas por el "pindio" y adoquinado casco urbano de Pamplona, por la zona amurallada y por los callejones donde, en poco menos de dos meses, soltarán a los morlacos en alguno de los encierros de San Fermín. No precisamente toros, sino triatletas, llenarían, en unas horas, la Cuesta de Santo Domingo, la calle Mercaderes y la Calle Estafeta, dispuestos a luchar cada uno por sus objetivos: superarse a sí mismo, sumar puntos en la Copa de España o conseguir un buen puesto o por las medallas en juego. Éramos muchos y la meta nuestro premio en común. En una prueba de media distancia no creo que haya vencedores ni vencidos, no creo que haya nadie que termine y no se sienta orgulloso. Yo, al menos, así lo percibo. Cruzar la meta significa la gloria, hacer un buen puesto, es solo la guinda del pastel.


Llegué dos horas antes del inicio de la prueba a la zona de boxes, en el precioso entorno del embalse de Alloz. El tráfico de triatletas (más de mil) entre Elite y Grupos de Edad, hizo que los accesos al pantano se colapsaran y tuve que ir en bicicleta, dejando el coche a un par de kilómetros. Al haber llegado con tiempo pude estudiar bien la primera transición, colocar con calma el material en boxes y saludar a varios amigos como Alex Rodríguez o mis compañeros cántabros, Sergio y Miguel, que también competían en Élite. Durante mi estudio de esta primera transición, quedé "acojonado" de la cuesta que debíamos subir desde el embalse hasta los boxes. Una emboscada de 400 metros de longitud que a mí, particularmente, me viene muy mal por el mareo y la desorientación con la que suelo salir del agua.


Se fue acercando la hora de la salida y a pocos minutos del bocinazo, los Élite fuimos ordenados por dorsal. Sólo los 15 primeros del año pasado tenían preferencia a la hora de escoger sitio en la salida, al resto, se nos había asignado un dorsal según el orden de inscripción. Haber sido de los más rápidos en apuntarme cuando estas se abrieron, me permitió tener un dorsal bastante bueno, el 33 de 100. Me coloqué en segunda fila, detrás de Gustavo Rodríguez, más o menos en el medio del grupo y con la primera boya justo de frente. Justo delante también tenía a Dani Bayón, otro crack con opciones serias de pódium. No sabía si estaba haciendo bien metiéndome en medio, pero había que intentar seguir los pies de mis predecesores (iluso de mí). Primero salieron las chicas, y 5 minutos después la música de Piratas del Caribe tensaba el ambiente previo al bocinazo de la Élite masculina.


¡A sus puestos! ¡BEEEEEEEEP! Los 100 competidores en Elite nos tiramos a las templadas aguas del embalse (17graditos) como si acabaran de soltar tiburones por detrás. ¡QUÉ OSTIAS! Y lo digo así, literalmente, porque eso fue lo que pasó. Nunca en mi vida recibí (y di) tantos leñazos. Ya no era cuestión de avanzar, sino de mantenerse a flote entre  brazos y piernas que solmenaban a diestro y siniestro.






 El agobio extremo de los primeros segundos de natación me hizo replantear la estrategia de ir por el medio, por lo que, como pude, fui abriéndome hueco hacia la derecha, buscando la zona interior de giro de la primera boya y, a la vez, evitar la pelea. Antes del primer giro de derechas, a unos 400 metros de la orilla, ya me encontraba nadando solo. Alargando brazada y con el objetivo de relajarme un poco tras el tumulto inicial, me dediqué a deslizar lo máximo posible. Llegué al giro y lo cogí por dentro, muy pegadito a la boya, ganando posiciones respecto a los nadadores que iban por fuera. En esos momentos fue cuando aproveché para hacer tres o cuatro brazadas de braza y ubicarme. La siguiente boya roja estaba donde Cristo perdió las sandalias, así que a olvidarse de ella y a nadar, tratando de no alejarse mucho del grupo. Seguí yendo solo, por la derecha. Esto me permitió coger buen ritmo e ir adelantando puestos. 



No tenía ni idea de si iba en el último, penúltimo o cualquiera que fuese el grupo que me custodiaba, pero las buenas sensaciones en el agua de las últimas semanas se estaban viendo plasmadas. Casi sin enterarme llegué a la segunda boya, de nuevo por dentro. Unos 200 metros más adelante estaba el tercer flotante rojo, el último antes de afrontar una eterna recta hasta la orilla. Lo más complicado de la natación ya había pasado y yo seguía a mi bola. Si bien en Orihuela nadé a pies de un grupo que iba más despacio del ritmo que yo podía llevar, en Pamplona estaba nadando a mi ritmo, con mi frecuencia de brazada y bastante cómodo. No dejé de pasar gente en todo el segmento. La nefasta salida me había hecho irme muy atrás, al parecer. Toqué tierra en menos de 27 minutos, en el puesto 35 de 100, mi mejor natación del año y, probablemente, de las mejores que haya hecho nunca.


Me incorporé aturdido, sin referencias de donde iba y rodeado de un grupo numeroso. Los primeros metros de transición los hice caminando, quitándome la parte de arriba del neopreno con cierta dificultad. En pleno proceso de aturdimiento me pasaron por ambos lados dos caras conocidas, Luis Fernández Zapico y Daniel Bayón ¡Había salido con Bayón! No me lo podía creer, pues normalmente me sacaba entre uno y dos minutos en el agua. Pocos metros después me adelantó Jaime Menéndez de Luarca, un icono en el triatlón español, y que creo que, en condiciones normales, debería haber salido delante de mí.

Eufórico, mareado y sorprendido, llegué a la carpa donde teníamos las bolsas rojas con el casco y el dorsal. Cerca de mi sitio estaba Miguel Ruiz, que había hecho un buen sector de nado. Me costó lo indecible quitarme el neopreno. Se me atasca con todo, con el chip, con el reloj... entre eso y lo mareado que estaba me había dejado unos segundos en una T1 de nuevo bastante desastrosa, como pude comprobar tras la carrera. Más de tres minutos pasaron desde que salí del pantano hasta que me subí a la bici, unos 30''-40'' más la media de triatletas Elite.





Aún con todo, me monté en la Avenger a la vez que Zapico y Bayón que hicieron un cambio de material parecido al mío. Mientras me abrochaba las botas, mis compañeros de viaje abrieron un pequeño hueco respecto a mí, pero antes de empezar la peligrosísima bajada desde el embalse, ya los había pillado. No quise pasar a ningún triatleta de los que me precedían antes de superar, para mí, el punto más crítico de este segmento. En el kilómetro dos había que bajar por una carretera con rectas muy rápidas y curvas de 180 grados en las que entrar un poco colado podía significar irte por el precipicio. Y mira que yo soy de los que baja muy prudente... pues esta vez, en la penúltima curva se me pusieron los huevos de corbata al entrar colado y no irme de frente por poco. La suerte estuvo de mi parte e hizo que, aprovechando mi pasada de frenada, un triatleta que iba detrás me adelantara. Solo quedaba una curva para acabar el suplicio de la bajada, pero sucedió algo que me marcó para toda la carrera. El triatleta que me había adelantado y que en ese momento me precedía, entró colado en esa última curva, yéndose de cabeza contra el muro del puente que teníamos que cruzar, saliendo rebotado contra la carretera de nuevo y quedando tirado en el suelo. Se me heló la sangre al ver el accidente. Mi intención era parar para comprobar su estado, pero justo en esa curva había varias personas que ya corrían a socorrerlo. Quise pensar que quedaba en buenas manos y espero que todo se haya quedado en un susto. Desde aquí le quiero mandar mucho ánimo al chaval y que se recupere lo antes posible.


Con el miedo en el cuerpo y más de 80 km de bici por delante, ya menos peligrosos, solo quedaba olvidar lo ocurrido y centrar la cabeza en lo que teníamos entre manos. Con la accidentada bajada había perdido la estela del grupo de Bayón y Zapico, pero no demasiado. Pedaleé por encima de 300 watios un par de kilómetros y enseguida llegué donde los dos triatletas de la Academia Civil, pasándoles y tirando con todo hacia delante.

Empezó entonces un recital de adelantamientos, pues eran muchos los triatletas que se habían juntado e iba el grupo muy estirado, teniendo que abusar durante varios kilómetros de carril izquierdo y de watios... demasiados para mi gusto. El calentón estaba siendo curioso y el pulso, por encima de 170ppm en algún momento, se me estaba yendo de las manos. "Adelanto a uno más y paro", pensaba. Pero no, cada triatleta que adelantaba me abría la puerta a un nuevo objetivo, y la parte caliente de mi cerebro era la que mandaba en ese momento.


Casi sin querer encontré mi sitio. Por delante llevaba a un par de corredores, pero ya a una distancia que me era imposible recortar. Rondaba el kilómetro 10 y los watios empezaron a bajar, no mucho, pero sin necesidad de pegarme calentones para adelantar. Poco duró mi alegría, pues por detrás llegó Andújar con las rebajas y tan rápido como lo vi aparecer, se esfumó en el horizonte ¡menuda bala! Imposible seguirlo, ni siquiera con la vista. Poco después, otro triatleta, de cuyo nombre no me acuerdo, me adelantó, pero a un ritmo más "humano". Buena referencia parecía ser. Así que probé a seguir su ritmo y, poco a poco, la distancia con el grupito predecesor se fue recortando. Contactamos con ellos en el kilómetro 20 y ahí se produjo un parón. Con la moto de los jueces como testigo, pues no abandonó nuestra compañía en toda la carrera, fueron pasando los kilómetros. En el primer avituallamiento, cogí el bidón de sales y le pegué un trago. No tenía sed, porque había bebido 300 ml de Full Isotonic de Keepgoing en la transición, pero era mejor prevenir que curar.


Si bien los primeros 10 km de bici los hice, como diría Miguel Ruíz, "al corte" (a morir), en ese momento me encontraba en una posición de "apalanque" o acomodamiento que me hacía presagiar lo que no tardó en suceder. Por detrás no se habían dormido como yo y Zapico fue el encargado de despertarme de mi letargo. Contactó conmigo en el kilómetro 30, a su ritmo, con sus watios, siempre tan cuadriculado como es él con el tema de la bici. Sabía que podía ser un buen referente, pues no suele calentarse y tiene estudiado a qué intensidad debe ir en cada momento. Tanto yo, como los otros dos triatletas que rondaban a mi alrededor, cogimos la referencia de Luis y tiramos hacia delante. Por el camino fuimos recogiendo gente como Nacho Villarruel, que se unía a nosotros.


Sin duda el ritmo de Luis era lo que necesitaba para motivarme, pero la comodidad del terreno por donde rodábamos (llano o, en su defecto, picando hacia abajo) se terminó pronto. Una subida de 2 km con rampas del 7% hizo estragos en el grupo. Tanto, que nos quedamos solos Luis y yo, dejando al resto de integrantes por detrás e incluso adelantando a Fernando Barroso. Me froté los ojos para ver si era cierto. ¡Sí! Habíamos llegado hasta Don Fernando, que no llevaba buena cara. Llegar a la altura del triatleta del Santander fue un plus de moral y un mini premio para la cabeza, que en este tipo de pruebas funciona como un interruptor, si está encendido, las piernas van, pero como desconecte, se acabó. En la bajada Luis marcó las pautas. Yo me descolgué y lo perdí de vista, mientras que Barroso aguantaba por detrás. Cuando pasamos la zona delicada y pude dar pedales, volví a contactar con Luis, pero esta vez pasando yo a tirar, labor que no dejaría de hacer hasta llegar a Pamplona. Era el kilómetro 50 y el terreno, en esos 30 kilómetros restantes, picaba ligeramente hacia arriba.


En ese tramo adelanté a la chica que iba líder. No veáis qué calentón me tuve que dar para pasarla. Y claro, después de hacerlo uno tiene que mantener el orgullo y no bajar el ritmo, por lo que el sufrimiento era doble. Con la vista clavada en el manillar, cada vez que levantaba la cabeza buscaba algo con lo que motivarme, y esto llegó sobre el kilómetro 65. Estábamos pillando a dos triatletas que rodaban por delante. En una subida, justo antes del último avituallamiento, llegué a la altura de mis predecesores. Quedaba poco para llegar a Pamplona y, aunque las piernas me decían "¡hoy sí!", preferí darles un pequeño descanso en los últimos kilómetros. Acomodado sobre mi cabra, aguanté los envites de los dos triatletas con los que había contactado y que, a mi parecer, habían acelerado el ritmo.


Solo 10 kilómetros de bici, solo 10 kilómetros para empezar mi sector favorito, pero sin duda los 10 km más cabrones que recuerdo. Al paso por uno de los preciosos pueblos navarros, nos encontramos en medio de la carretera con ¡TRES BORDILLOS! sí, sí, tres escalones que me comí de lleno y donde no me maté de milagro. Si ya las tachuelas que te encuentras molestan un poco, imaginaros tres bordillos de unos 5 centímetros de alto atravesados en medio de la carretera. Con el traqueteo se me torció el manillar hacia la derecha. Mala pinta tenía la cosa... Preocupado, comprobé que la torcedura de manillar no hubiese provocado que este se soltase. Por suerte no fue así y, aunque torcido, el manillar no se movía.

Con la rueda apuntando a Cuenca y los acoples apuntando a Albacete, sobreviví al último tramo de bici como pude. No disfruté de la llegada a Pamplona, pendiente de mantener la bici recta y que no se me fuera en las curvas. Y por si fuera poco, los últimos metros por la adoquinada calle Mercaderes y entrada a la Plaza del Castillo, ponían más aun en peligro la integridad de mi bicicleta.


Renqueante, conseguí llegar a boxes sin perder tiempo ni con Luis ni con los dos chicos que habíamos alcanzado. Ni idea del puesto en el que íbamos, aunque mis cálculos apuntaban a estar en torno a la trigésima posición. Aunque no lo sabía, entré en boxes en el puesto 25, similar al Half de Orihuela, y con una media maratón durísima por delante en la que tocaba remontar. ¿Hasta dónde? Pues hasta donde las piernas dijeran, y en el momento de bajarme de la bici apuntaban muy alto.

Entré en la carpa donde teníamos las bolsas con el material de correr. Allí había dejado zapatillas, calcetines, geles, gafas de sol y gorra. Con las prisas de querer hacer una buena transición, no me puse la gorra ni las gafas, y salí de la carpa hacia el serpenteo por la Plaza como si se acabara la carrera ahí mismo. Fui el último de mis compañeros de bici en salir a correr, pero a los 200 metros ya los había adelantado a los tres. Puesto 22 momentáneo y tres vueltas eternas que iban a dar para mucho.


La primera parte de la vuelta, salvo unos metros de subida por un paseo peatonal hacia la muralla, eran cuesta abajo... ¡y qué bajada!. Las adoquinadas y pendientes calles de Pamplona nos iban a hacer sufrir. Esta primera cuesta es de las que, o vas muy rápido despendolado, o vas muy despacio reteniendo. Opté por lo primero, y me tiré a lo "kamikace", cruzando la muralla a un ritmo por debajo de 3'/km y pasando a triatletas como el asturiano Moro, que se había bajado a correr en muy buena posición.


Había que aprovechar esta primera vuelta para coger referencias, pues, en cuanto pasáramos por meta, se iba a acabar la soledad y nos empezaríamos a juntar con atletas doblados de grupos de edad. Al terminar la bajada y empezar a correr por el Parque situado a las afueras de Pamplona, sucedió lo que no me esperaba. El vasto interno de la pierna izquierda se me subió por completo ¡Mierda! Era el kilómetro 2 y los fantasmas de los calambres del Half de Valencia del pasado año habían aparecido, pero en aquella ocasión fue a partir del kilómetro 11 y de ahí al final la carrera consistió en una lucha por sobrevivir. En Pamplona me había llevado el mazazo en el kilómetro 2, con casi toda la carrera a pie por delante. Intenté centrar la cabeza, no pensar en los dolores y apoyar más del lado derecho, dándome un pequeño margen para ver si desaparecía el agarrotamiento muscular. No las tenía todas conmigo y la retirada pasó por mi cabeza. Pensé que se me había acabado la competición, aunque, por otro lado, pese a ir medio cojo, miraba el reloj y marcaba un ritmo de 3:35. Como digo, de fuerzas iba genial, así que traté de engañar a mi cerebro haciendo que las buenas sensaciones predominaran frente al dolor. Lo conseguí, más o menos, coincidiendo con el adelantamiento a Jaime Menéndez de Luarca, mi tocayo de apellido a quién animé y con quien me hizo mucha ilusión coincidir en carrera, pues es para mí un referente en el triatlón nacional y le sigo bastante en su día a día de entrenos, publicaciones, tests de material, consejos... Un pozo de sabiduría y experiencia triatlética.


En el recorrido por el parque, completamente llano, de la primera vuelta, también di caza a otros corredores, pero estaba tan concentrado en lo mío que no sé a cuantos pasé. Tocaba entonces volver al centro de Pamplona subiendo la temida Cuesta de Santo Domingo. Las duras rampas de bajada del inicio se tornaron en pindias subidas, pero allí estaba la gente para anestesiar nuestra agonía. Un público entregado a nuestro paso entre el que oí la voz inconfundible de mi madre "¡Estás remontando!" El chute de adrenalina fue tal, que me olvidé de que estaba subiendo y las piernas corrían solas. Entré en la Plaza del Castillo animado por Pablo y Almudena, que habían venido a Pamplona para ver la carrera y luego participar en la "tercera transición".  Al paso de la primera vuelta marcaba el mejor parcial a pie con 22'35'', un minuto menos que el líder, Gustavo Rodríguez, y 30'' mejor que la, hasta entonces, mejor primera vuelta, de Pablo Dapena (segundo clasificado).


Y el esfuerzo del primer giro lo pagué. Ya al inicio de la segunda vuelta, cuando empecé a bajar la cuesta, adopté la opción conservadora de bajar reteniendo en lugar de despendolarme. Y lo hice cargando el peso con la pierna derecha, evitando forzar el vasto interno de la izquierda y que no se subiera de nuevo. ¡Qué larga se me hizo la bajada! En el momento de llegar al llano y empezar a correr se me pusieron los cataplines de corbata. Prueba de fuego para los calambres... que por suerte ¡superé con éxito. Ni rastro de ese calambrazo en el vasto, lo cual me dio confianza y me permitió seguir corriendo en el llano a un ritmo de entorno a 3':30''.

Mezclado entre el batiburrillo de triatletas de grupos de edad, andaba más perdido que un pato en un garaje. Ya no distinguía contra quien estaba luchando por un puesto. Lejos de desesperarme, seguí a lo mío, zancada a zancada, tomando el primer gel antes del kilómetro 10, para afrontar con garantías la segunda subida a Santo Domingo. Pero en el kilómetro previo a esa subida, me vine abajo. Paré a coger agua en un avituallamiento y no arranqué. Iba atascado, me había pegado un pequeño bajón. Aproveché la cuesta para tomarme un respiro, y la subí al mismo ritmo que un grupito de triatletas doblados. No fue mala idea hacer eso, había que guardar fuerzas para sobrevivir a lo que se preveía una eterna y sufrida última vuelta.


Al paso de nuevo por la Plaza del Castillo todavía conservaba el mejor parcial de carrera a pie, con un tiempo intermedio de 45'55'', por los 46'18'' de Dapena o los 46'41'' de Gustavo. No estaba mal, pero el ritmo iba a menos. ¡Venga Pelayín, que solo queda una y pa meta!" Trataba de animarme. Pero ni con esas. La última vuelta sí que fue una lucha por sobrevivir, pero es en esos momento en los que las piernas no van y el cuerpo se apaga, es cuando hay que tirar de cabeza y recordar todos los entrenos en fatiga realizados en ayunas, a las 6 de la mañana, sin apenas haber dormido, con sueño, lloviendo, con frío. ¡Anda que no he entrenado carrera a pie en condiciones adversas estos últimos meses! Pues no me iba a dejar vencer así de fácil por el agotamiento. Tras superar la zona de bajada y empezar el llano, pasé a Andújar y a Cristobal Dios, dos atletas Elite de mucho nivel que, en ese momento, marcaban el límite del Top 10. Yo no lo sabía, pero me estaba colando en una fiesta a la que no había sido invitado. El siguiente en caer fue Dani Mújica, también en la zona del Parque.

Motivado por saber que, aun con la castaña que llevaba, seguía adelantando puestos, apreté el culo y subí lo más dignamente que pude la Cuesta de Santo Domingo por última vez. Toqué el adoquín de la Calle Mercaderes, troté por el centro de Estafeta, giro a la derecha, subo las cuatro escaleras que salvan el desnivel con la Plaza del Castillo y huelo la alfombra roja de Pamplona, mientras por megafonía anuncian la llegada a meta de Raul Amatriaín, otro triatleta Top nacional que al parecer, había quedado muy poquito por delante de mí. Últimos giros, miro a la grada y veo caras conocidas, sonrío, es inevitable, choco las palmas del público apoyado en las vallas y disfruto de una de las llegadas más luchadas de mi corta vida de triatleta de media distancia. 

Y además ¡OCTAVO DE ESPAÑA ÉLITE!


Es Pablo quien me informa antes de cruzar el arco, y Miguel Ruíz quien me lo confirma al pasar la línea de meta. Lo había hecho, puesto de finalista en un Cto de España Elite. Sigo sin creerme capaz de estar ahí en la pomada, pero ya van dos carreras en las que lo estoy y tengo que empezar a confiar más en mis posibilidades. Mirar hacia delante y ver a Gustavo, Dapena, Rubireta, Lluis Vila, Salamanca, Amatriaín y Ariel, no me hace sino ponerme más contento y sentirme orgulloso de acompañar a unos cracks como ellos en el Top 10 nacional.


Y para rematar, con este resultado y el de Orihuela, me coloco tercero en la Copa de España de Media Distancia, tras Gustavo y Dapena, otro golpe de moral para lo que viene ahora.


Acabamos de cerrar un ciclo de cuatro carreras seguidas en cuatro fines de semana, que ni en mis mejores sueños hubiese imaginado que iba a salir así: 6º Elite en el Half de Orihuela, Campeón de Europa de Duatlón de mi grupo de edad, Campeón del Circuito Cántabro de duatlón y 8º Elite en el Cto de España de Triatlón de Media Distancia, saliendo de esta prueba tercero en la general de la Copa de España...


Mientras me dejen, seguiré soñando....