viernes, 9 de diciembre de 2016

CARRERA DE LOS PIMIENTOS RELLENOS DE BLIMEA 2016: Salvando los muebles

Aprovechando el puente de la Constitución, me desplacé hasta Blimea (Asturias) para matar dos pájaros de un tiro: por un lado, completar la dupla de carreras gastronómicas tras la disputada hace unas semanas en L´Entregu (Carrera de Les Cebolles Rellenes) con la que se corría este Jueves (Carrera de Los Pimientos Rellenos); y por otro lado, darle un poco de gusto al paladar y disfrutar de estos platos típicos en la cuenca del Nalón.

Llegué a Blimea tras una semana de carga y con un par de entrenos (a pie y en bici) el día anterior, que me hacían presentir que las piernas no iban a carburar al 100%. Pero el objetivo es otro y, a veces, hay que sacrificar alguna carrera para poder sentar una base que aún noto que me falta.
Calenté bien durante media hora, con progresivos, cambios de ritmo y agarrando una sudada que parecía que ya había competido antes incluso de salir. Porque el veranillo de Diciembre sigue con nosotros, y ayer, en Blimea, los termómetros rondaban los 20 grados. Creo que soy más de frío que de calor.

Sin tiempo para pensar me coloqué en la salida, oteé un poco a los compañeros de primera fila e identifiqué alguna cara nueva respecto a la Carrera de Las Cebollas. Miguel Moro, por ejemplo, atleta veterano en edad, pero junior en ambición y nivel, iba a poner las cosas muy difíciles a Alejandro Onís (ganador en L´Entregu), a Máximo Cordero, a Aurelio Díaz (que venía de cascarse 2:38 en la Maratón de San Sebastián) y a un servidor. Entre nosotros iba a repartirse la rifa, solo tocaba luchar por llevarse el premio más gordo. Como la carrera de las cebollas, junto a esta, daban opción a premio en metálico para los tres primeros de la general, yo tenía que, o ganar la carrera con más de 3 segundos de ventaja respecto a Alejandro, o entrar dos puestos por delante de él, para llevarme la general, tarea que se antojaba difícil en vistas a cómo llegué a esta prueba.



Se dio la salida por las sinuosas calles de Blimea. El circuito constaba de 6 kilómetros ratoneros, con subidas, bajadas y sobre todo, muchos muchos giros, que hacían imposible coger ritmo. Dos vueltas de tres kilómetros y un pequeño extra de 100 metros sería la distancia a recorrer. Se salió rápido, pero tras la primera curva el ritmo se ralentizó. ¡Perfecto! Cuando más se dilataran las hostilidades en el tiempo mejor. No es lo mismo recuperarse de un 6km a tope que correr fuerte solo al final, y yo necesito estar recuperado para acabar bien lo que queda de semana, por lo que ese ritmo cómodo del principio me venía bien. Máximo Cordero, valiente como siempre, tomó la iniciativa en los primeros compases. 

Foto: Pedro Pablo Heres

Sin apenas tirones (solo uno pequeño al salir del paso subterráneo bajo las vías del tren), fue pasando la primera vuelta. Tres kilómetros recorridos ya y aún nadie había mostrado sus cartas. El grupo de cabeza era grande, demasiado para mi gusto, y parece que también para el gusto de Miguel Moro, que a la salida del paso subterráneo volvió a tensar la cuerda. A este primer envite aguantamos Aurelio, Máximo, Alejandro y yo. Ya solo quedábamos 5 atletas y ahí empecé a sentir el cansancio y falta de ritmo en las piernas.

Foto: Pedro Pablo Heres

Pero la insistencia de Moro por hacerse con el triunfo no se quedó en un solo intento, pues a falta de 2 kilómetros volvió a lanzar un ataque, consiguiendo abrir unos metros. Fue entonces cuando me la jugué, equivocadamente, y salí a por él. Era la única esperanza que me quedaba de descolgar desde lejos a Alejandro y no llegar con él al sprint. Pero gasté la única bala que tenía en llegar a la espalda de Moro. Una vez lo alcancé, este se paró y yo me quedé sin chicha, por lo que nos volvieron a coger y, ya sí, Miguel acometió el ataque definitivo, dejándome muy tocado, a falta de kilómetro y medio, a rueda de Máximo, Alejandro y Aurelio.

Foto: Pedro Pablo Heres

Si se pudiera cuantificar la agonía de esos últimos 1500 metros, esforzándome por no perder el grupo de cabeza, no cabría tal cantidad de sufrimiento en la tierra. Sin duda estaba corriendo por encima de mi límite. La cabeza se nubla, el pulso se dispara y los metros pasan muy muy despacio.

Foto: Pedro Pablo Heres

Callejeamos por el último tramo del recorrido y 300 metros de meta (en subida), Alejandro lanza el sprint. Yo no sé ni lo que hago, porque no siento las piernas, pero inconscientemente me veo corriendo detrás de él, a su espalda. Noto que me falla todo, pero queda poco y no puedo tirar la toalla. Giro la cabeza y Máximo y Aurelio vienen pegados. Puffff no dejo de apretar en ningún momento, los metros finales me parecen kilómetros, pero consigo rascar un tercer puesto en la carrera, por detrás de Moro y Alejandro, y asegurar el segundo puesto del Primer Trofeo Gastronómico San Martín del Rey Aurelio.



Una de las carreras más sufridas que recuerdo. Nunca antes había competido sin bajar la carga de entrenamiento los días anteriores, y la diferencia de sensaciones entre llegar preparado y no, es enorme, pero creo haber sacado adelante un buen 6000, que de haberlo hecho entrenando, no habría salido ni la mitad de bien.

Ahora a seguir dándole que lo bueno todavía está por llegar. Eso sí, del camino se disfruta y fíjate tú por dónde que hoy el camino terminó en el pueblo de San Mamés, degustando un menú de pimientos rellenos que me ayudó a resucitar del esfuerzo.



...y que dure...

PD: Muchísimas gracias a Pedro Pablo Heres por el reportaje fotográfico y los montajes que nos hace.

lunes, 5 de diciembre de 2016

CTO DE CANTABRIA DE CROSS CORTO 2016 (LAREDO): ...o como marchar caliente pa casa...

El segundo cross de la temporada en Cantabria, nada tiene que ver con el primero. Cueto es una carrera dura, con subidas y en la que salir con una marcha menos puede hacerte ganar muchos puestos al final. Laredo (Campeonato Regional de Cross Corto), sin embargo, además de correrse sobre una distancia de 4100 metros, es la prueba de más nivel que hay en la región, y si sales con una marcha menos, no es que pierdas algún puesto, sino que corres el riesgo de morir atropellado en la salida.

Mañana primaveral en la turística villa laredana. El veranillo de Diciembre que nos ha acompañado toda la semana pasada quiso alargarse un poco más y "sacudirnos" con sus agradables 20 grados el día que muchos crossistas y mediofondistas cántabros estaban esperando.



Llegué a Laredo una hora antes de la carrera, algo justo para mi gusto, pero como la logística de las pruebas de atletismo no requiere mucha preparación, fue más que suficiente. Calenté bien, alternando durante media hora un trote de activación con algún progresivo al que parecían responder bien las piernas. Ya estaba todo listo para dar comienzo a esta loca carrera con más de 100 atletas dando vueltas al sinuoso circuito de 1km alrededor de la pista de atletismo. Fue en el momento de ponerme los clavos cuando me di cuenta de la cagada del día... ¡Se me había olvidado revisar con qué clavos correr! Tenía puestos los de 9mm cuando el circuito estaba para 6mm o incluso para voladoras. Pero no merecía la pena comerse la cabeza con ello, así que me calcé las zapatillas y me coloqué en el cajón de salida Nº8 junto a mis compañeros del Selaya Reparte.



Momentos de mucha tensión previos al pistoletazo que da comienzo al cross más rápido de la región. Sin ser consciente de ello, me vi corriendo desbocado hacia la primera curva, rodeado de atletas de todos los colores. Cuatro vueltas agónicas por delante, a ritmos a los que nos estoy acostumbrado este año todavía, pero con la idea de dejarme el alma y coquetear con mis límites. Y al límite sentí haber cubierto la primera de las cuatro vueltas. Aún así, una treintena de atletas me precedía. Con la referencia de Andrés Mediavilla, gran dosificador de esfuerzos, por delante fui progresando puestos en esta segunda vuelta, superando a Mustapha Attaoui y Hachoumi entre otros, y llegando a la altura de Marcos Fernández. 




En la tercera vuelta sigo pensando que voy al límite, pero soy imprudente y me pongo delante de Marcos y Oscar, intentando perseguir a un corredor del Valladolid que parecía tener un ritmo bastante constante. Ciego, completamente ciego persiguiendo al atleta de rallas violetas fue pasando la cuarta y última vuelta. No me quedaba ni un ápice de fuerza y mis compañeros de viaje me merendaron en los últimos metros, relegándome a una vigésima posición que, por ritmo (3:09) me deja contento, pero sé que aún falta mucho, demasiado, y eso me ilusiona.



Ahora empieza un nuevo planteamiento, habrá novedades y seguro que con ellas vendrán alegrías. Ilusión no me falta.


... y que dure...

domingo, 27 de noviembre de 2016

Cross de Cueto 2016: un año más participando en nuestra pequeña "Meca"

Con esta ya son 5 las ediciones en las que participo en "la Meca" del cross cántabro. Abrir la temporada de campo a través con esta carrera se está convirtiendo en un clásico. En 2014 volví a los barrizales tras cuatro años lejos del terreno fangoso, y me colé en el top 10. El año pasado, con más expectativas y una mejor preparación, subí algún puesto y terminé séptimo, pero haciendo una carrera de más a menos que tampoco me dejó muy buen sabor de boca. Este año iba con la ilusión e incertidumbre de cómo me sentiría corriendo de nuevo en las cuestas de Mataleñas. 



Llevo un mes entrenando y las sensaciones cada vez son mejores. Tras la Media de Kasterlee pasé una semana de gripe que me impidió estar a tope el pasado fin de semana en la carrera de las Cebollas, pero para Cueto me sentía bastante recuperado.

Mañana idílica la del Domingo, sol, buena temperatura y mucho ambiente antes del Cross. Disfruté de un calentamiento lleno de reencuentros y saludos, y sin darme cuenta dio la hora de formar en salida. Una ligera mirada a ambos lados de la primera fila y empieza uno a ver que va a haber guerra. Javier Crespo, Ricardo Lanza, Yassine, David Álvarez, Mediavilla, los dos Adrianes, mi compañero de entrenos y el del Saporo, Araúzo, Fran, Sergio Santiago, Manu Heras... Voy a dejar de contar porque no termino la crónica...

Pistoletazo de salida y arranca la temporada de Cross en Cantabria. Primeros metros de tanteo, en los que decido salir muy despacio. Son cuatro vueltas y media (empezando por la media y dando luego cuatro completas) y prefiero ir de menos a más para que el final de carrera no sea tan agónico como lo fue la temporada pasada. Esta decisión me hace verme desbordado en esos primeros metros. Me pasa gente por la derecha, por la izquierda y casi por encima. Completamos la media vuelta inicial y decido que hasta ahí estuvo bien el paseo. Tico el reloj para llevar control del tiempo por vuelta (solo por la curiosidad de saber si lo que por sensaciones es una carrera de menos a más, objetivamente y mirando tiempos lo es realmente).



Aprovecho las bajadas para adelantar puestos y las subidas para recuperar fuerzas (mundo al revés) pero la táctica funciona y cada vez me siento mejor. Paso la primera vuelta en el puesto 20 en 6'14'', por detrás de Adrian (Cárcoba) y Fran (Saporo). Sé que Fran está en forma y suele correr con cabeza, de menos a más, por lo que ir justo detrás hace que no me agobie con el puesto en el que voy. También nos acompaña en veterano Fuica, que solo tenía que dar dos vueltas. Sigo esperando con paciencia a que las sensaciones vayan a más, y así sucede. Antes de terminar la segunda vuelta adelanto a Adri en una bajada y pongo mi ritmo. Veo que me he quedado solo, dejando atrás también a Fran, y paso la segunda vuelta en 6'16'', solo 2 segundos peor que la primera. 



Empieza aquí una lucha contra mí mismo por aguantar el umbral de sufrimiento y no dejarme llevar por la situación de carrera. Busco al frente una referencia que me ayude a motivarme pero Araúzo y Sergio Santiago, que son los que me preceden, están a casi medio minuto, por lo que me centro en lo mío y en seguir, zancada a zancada, cubriendo metros por la campa del faro. Paso la tercera vuelta en 6' 24''. Se me ha ido el tiempo pero las sensaciones son buenas y empiezo a ver a tiro a mis predecesores. 



Ya son pocos metros los que me separan de ellos, pero la lucha por el 8º puesto (en ese momento iba 9º) se tornaría en una lucha por aguantar el envite de Fran, que a falta de tres cuartos de vuelta me dio caza, sacándome de mi letargo. Aguanto pegado a su espalda en la subida y le paso en la bajada. Menos de un kilómetro a meta y ya meto la última marcha que me queda. Veo que no me sigue y yo me acerco a Araúzo y Sergio, pero la meta ya está ahí y finalizo 9º, con una última vuelta en 6'23'' y muy buenas sensaciones.



Con este entreno mañanero de domingo me voy para casa la mar de contento. Un buen calentón y satisfecho de haber revolucionado el motor más de lo que lo habría hecho si hubiese salido a rodar por mi cuenta.

Antes de despedirme me gustaría felicitar a los dos veteranos Javier Crespo y Ricardo Lanza, que año tras año engrasan y afinan a las mil maravillas el motor y nos dejan en mal lugar a los veinteañeros. En serio, ¡¡¡mi más sincera admiración!!! 

En una semana nos vemos en Laredo, 4 kilómetros de cross en los que ya no se puede salir a verlas venir.


Buena semana a todos.

Carrera de Les Cebolles Rellenes: Del dicho al hecho...

Voy a ser breve con esta crónica, lo prometo, casi tanto como lo fue la carrera de hoy. Muchas veces he aguantado la coña de "Te crees bueno por ganar la carrera de las cebollas..." (refiriéndose con ese nombre a cualquier carrera de pueblo sin nivel ni importancia), pero mira tú por dónde, que dio la casualidad de que existe una carrera con ese nombre y encima en Asturias. ¡Qué mejor excusa que competir el "Les cebolles rellenes" de L´Entregu para volver de fin de semana a casa!



Tras llegar de Bélgica cogí una gripe horrible. El Martes por la mañana me metí en la cama con 38,5 de fiebre y desperté el día siguiente a la hora de comer... Una gripe que me dejó sin fuerzas y consumido hasta el viernes, pero como soy un poco cabezón y a veces desobediente (lo siento Juan Carlos), me apunté a esa carrerita de 6 kilómetros del L´Entregu.

Llovía a mares la mañana del domingo. No recuerdo haber agarrado mayor mojadura calentando como ese día. Con las piernas como flanes por las secuelas de la gripe me puse en línea de salida. El objetivo era probarme pero sin pasarme de la raya, y ver hasta dónde puede llegar mi grado de masoquismo. Éramos poquitos pero bien nacidos. La presencia de Máximo Cordero o el joven Alejandro Onís me hacía pronosticar que la carrera no iba a ser tranquila y el sufrimiento estaba asegurado.

Salimos en tropel por el parque, dando curvas de 180º y arrancando y frenando constantemente. Justo lo que mejor le viene a mi estado de flacidez muscular post-gripe. Primer kilómetro y me llevan con la lengua fuera. Sufro por no quedarme descolgado de un grupo de 5 unidades en las que Máximo marca el ritmo, en torno a 3'10''/km. Al pasar por meta e iniciar la primera de las dos vueltas largas de las que constaba la carrera, se empiezan a definir las posiciones. Vamos entrando en calor y tan solo quedamos Alejandro Onis, Máximo y yo en cabeza. Esto va a ser cosa de tres, pienso, aunque los 4 kilómetros que faltan podían dar para mucho. Me empiezo a sentir cómodo y noto que el ritmo se ralentiza, momento en el que me la juego y muevo el árbol, pero no cae ninguna manzana. Lo que el año pasado, cuando estaba a tope de forma, suponía un cambio definitivo hasta meta, este año aún es pronto para aguantarlo y fue solo una bala de fogueo, pero había que intentarlo. Tomo la iniciativa al paso por meta y con solo una vuelta por delante. Es entonces cuando Alejandro Onís pega un buen hachazo y nos rompe. Consigo recuperarle ese huequito psicológico que había abierto conmigo, pero Máximo no, y la carrera se va a resolver en el último kilómetro entre Alejandro y yo.



Noto como mi rival baja el ritmo a falta de 800 metros "¿arranco?", pero el miedo a reventar y a romperme me hacen ser un poco conservador y me bajo el ritmo yo también. El dicho de "no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy" me lo tengo que tatuar a partir de ahora en la piel, porque dejar para el sprint a un chaval joven y rápido como Alejandro era condenarme al segundo puesto. Últimos 50 metros y mi amago de esprintar dura medio parpadeo, lo que tarda el joven atleta en decirme adiós y meterme 20 metros en esos últimos 50. Segundo en meta y buen calentón para el cuerpo, pero faltó ser más listo o atrevido. Aún así contento, porque conseguí olvidarme de la gripe por completo y correr libremente, con buenas sensaciones al final y 6 kilómetros a 3:10 pa la saca, en un circuito ratonero, con muchas curvas y agua como para llenar el embalse de Trasona.




Y con esto y un bizcocho, bueno, mejor dicho, con unes cebolles rellenes, nos vemos en la siguiente aventura, dentro de 7 días. 

¡Arranca el cross!

miércoles, 16 de noviembre de 2016

MEDIA MARATÓN DE KASTERLEE: Épica belga

Han pasado dos meses desde que viviera la aventura americana del Ironman 70.3 de Santa Cruz. Dos meses que sirvieron para decir adiós a la temporada 2016 y abrir el telón de 2017. Por el medio fueron cuatro las semanas de desconexión deportiva, en las que me olvidé de la efectiva, pero dura, dieta del míster Juan Carlos Llamas y en las me dediqué a comer todo lo que no pude probar durante el año. El resultado final: unos kilillos más de felicidad y una recarga de pilas para arrancar un nuevo año lleno de objetivos e ilusiones que detallaré en otra entrada del blog.



Y para no dilatar más el motivo de esta crónica, tras tres semanas y media en vereda, con duros y productivos entrenamientos, puse rumbo a Bélgica, buscando estrenar temporada junto a mi amigo Pablo Ibarguren, con la Media Maratón de Kasterlee, la undécima de su reto "12 Medias, en 12 Países en 12 Meses". Es la segunda en la que le acompaño tras Dublín, y en esta ocasión Dani Lanza también formó parte del equipo "ibargurense"; los tres dispuestos a emular las clásicas ciclistas del país.  Porque allí, ni las medias maratones, habitualmente pruebas atléticas de asfalto y largas rectas, son normales. La épica suele ir de la mano en el territorio belga, y el frío y lluvioso pueblo de Kasterlee iba a ser el escenario de una lucha entre el barro más propia de un cross o, como digo, y siguiendo el símil ciclista, como una clásica adoquinada de las que por aquí se disputan.



El viernes por la tarde llegué a Lovaina, donde un "ovetense por el mundo"  y buen amigo, Fernando, me recibió y acogió en su casa. Aunque las tres semanas de entrenamientos que llevo las había seguido a rajatabla, cuidando las comidas y los descansos, en Lovaina me esperaba un pre-carrera un poco ajetreado. Una fiesta en casa de Fer durante la noche del viernes al sábado me hizo olvidar todo y desconectar, quizás demasiado, del objetivo con el que había ido a Bélgica. El día siguiente y con el cuerpo bastante machacado de la fiesta, me reuní con Pablo y Dani para dirigirnos a Kasterlee y pasar allí la noche previa a la prueba. 



Recogimos los dorsales y nos informamos bien de quienes eran los corredores más rápidos y favoritos para la media maratón. Me resultó curiosa la seguridad con la que uno de los organizadores de la carrera daba por hecho que el primer puesto estaba asignado a un tal Seppe Odeyn, máximo favorito ante la ausencia de Bart Borhgs, ganador en 2015. La curiosidad por saber algo más del supuesto futuro ganador me hizo rebuscar en google y toparme con su palmarés. Efectivamente, este chico belga cuenta en su haber con un Oro en el Campeonato del mundo Élite de Duatlón de Larga Distancia de este mismo año o con un 5º puesto Elite en el europeo de Duatlón Cross de Castro Urdiales del pasado año. Sin duda, la afirmación del buen hombre de la organización estaba fundamentada y por mi parte no quedaba otra que descubrirse ante el mejor duatleta belga en la actualidad y sentirse afortunado de intentar, al menos, ponérselo difícil.



Amaneció lluvioso y frío el domingo en Kasterlee. Los tres grados de temperatura y una fina cortina de agua que había caído durante toda la noche le darían un tono más épico, si cabe, a la carrera. Con tiempo suficiente nos acercamos en coche hasta la salida, nos abrigamos bien y calentamos al trote junto a los aproximadamente 2000 participantes. ¡qué moral tiene la gente aquí! Si tengo que entrenar día tras día con este frío y este tiempo veo más posibilidades de acabar haciéndome jugador profesional de cartas que atleta.



A menos de 10 minutos para la salida me dispuse a colocarme entre la muchedumbre, lo más adelante posible. Para ello me colé, saltando una valla, y conseguí un hueco en segunda fila, aprisionado entre corredores y otra valla delantera. Demasiado tiempo parado, pensé, pero como iba a ser igual para todos no le quise dar más vueltas a dicha circunstancia.  A falta de dos minutos para salir vi que por delante de la valla donde yo estaba encerrado empezaban a colocarse corredores que venían directamente del calentamiento ¡Mierda! ¡Había cajón de salida y no lo sabía! Con todo el morro volví a colar y, por suerte, nadie me dijo nada. Al menos así evitaba perder unos segundos en la salida o arriesgarme a ser empujado. Un minuto para el pistoletazo y sin querer me vi en primera fila. Giré mi cabeza a la izquierda y allí estaba el crack belga, concentrado para darlo todo.



El pistoletazo de salida, acompañado de una lluvia de confeti, dio paso a unos primeros metros frenéticos. Me vi desbordado y sobrepasado por unas 20 o 30 personas, que arrancaron como si la carrera se acabase a los 200 metros. "Tranquiiiiilo" me iba diciendo. Los entrenamientos de los días previos me aseguraban poder correr cómodamente a 3:30, pero un exceso al principio de una carrera tan larga te puede hipotecar el resultado. Completamos el primer kilómetro por un asfalto mojado y lleno de charcos. Preferí no mirar el reloj, pero sabía que estaba yendo por debajo de 3:20, y aún así me había quedado descolgado del quinteto cabecero que lideraba la carrera unos 20 metros por delante.



La alegría de correr por terreno duro duró poco... Sabía que el 90% de la carrera transcurría por caminos, pero lo que no me esperaba era el barrizal que nos encontramos. Barro hasta las rodillas y charcos como lagunas... ese era el panorama que tendríamos que librar en lo que quedaba de prueba. El segundo y tercer kilómetro por terreno ya fangoso, me permitieron acercarme a ese quinteto  de cabeza y ponerme a cola de grupo. Un belga de camiseta amarilla y el favorito, Seppe Odeyn, parecían los más fuertes del grupo, mientras que los otros tres daba la sensación de que habían salido muy por encima de su ritmo.



Curva tras curva, charco tras charco y barrizal tras barrizal, fueron pasando los kilómetros. Como lugares anecdóticos de paso de la media estuvo cruzar la banda de un campo de fútbol mientras se disputaba el partido, teniendo que saltar un muro de tierra para volver al camino (totalmente surrealista) o atravesar una zona de huertas, cabañas, portillas... Y entre medias, cada vez que el camino cruzaba una carretera, se veía a mucho público animando. Al parecer, el circuito estaba montado de tal forma que los espectadores podían moverse por carretera e ir viéndonos en varios sitios. En el kilómetro 5 ya solo quedábamos los tres que antes mencioné en cabeza, además de un chico francés que llegó desde atrás y enganchó con nosotros. Viéndole la pinta, se podía intuir que sería uno de los rivales más duros.


Preocupándome más de guardar el equilibrio que de correr rápido, llegamos al ecuador de la carrera, donde un avituallamiento líquido nos esperaba. Mi torpeza extrema a la hora de coger el vasito hizo, no solo que se me cayera todo el agua, sino que perdiera el gel que llevaba en la otra mano... ¡Cojonudo! Otra carrera en la que pierdo la comida. Daba igual, no iba a poder meter mi gel del kilómetro 14 pero había que olvidarse de ello y centrarse en correr. Al poco de perder el gel, Seppe Odeyn tuvo un susto. En una de las curvas se fue al suelo, y unánimemente, los tres que le acompañábamos, bajamos el ritmo y le esperamos. Con un simple "ok" por su parte, se abrió la veda de nuevo. 

Ya estábamos en el kilómetro 15 y las hostilidades aún no habían comenzado. Tras uno de los "tropocientosveinticomil" cambios de sentido, nos encontramos con un cartel que decía: "Col Hoge Mouw". Cualquier duda sobre lo que aquello significaba quedó resuelta de inmediato cuando el camino se puso pendiente y al barro se le añadió la dificultad de tener que superar esas rampas, cortas, pero matadoras. Odeyn atacó en la subida. No entré al trapo pero, a ritmo, poco a poco vi que le volvía a coger. En la bajada enganché con él de nuevo y al girar la cabeza vi que el de amarillo y el francés habían cedido unos metros. Primeros signos de flaqueza de nuestros rivales, que, aunque lograron conectar con nosotros, ya no iban tan frescos como parecía. 



La calma duró poco, pues otro cartel ("Muur kastel") precedió a otra subida donde de nuevo Odeyn aceleró, dejando reducido definitivamente el grupo a tres unidades: él, el francés y yo. Las piernas ya no las notaba tan frescas pero todavía me veía con cambio en caso de llegar juntos a un hipotético sprint. Era el kilómetro 18 y el "Col Roger" fue el último obstáculo antes de lanzarnos hacia meta. En esta subida fue donde yo tomé la iniciativa, tirando con todo y llevándome a Odeyn conmigo. El bravo duatleta belga respondió a mi ataque con otro hachazo ¡Qué agonía! Nunca había competido en una media con tantos tirones, ataques, barro, frío, subidas, bajadas, lluvia... me lo estaba pasando pipa, dentro de lo bien que uno se lo puede pasar yendo a 180 pulsaciones por minuto.


Entramos en el último kilómetro, ya por fin por asfalto. Sabía que la recta de meta era larga y picaba hacia arriba, y que una vez entrada en ella lanzaría mi sprint. No antes porque no sabía con exactitud cuando faltaba. De hecho, fue una sorpresa la forma en la que asomamos en dicha recta de meta, que fue tras pasar por un garaje... sí sí, a 400 metros de meta teníamos que entrar por un garaje o parking, no sé muy bien lo que era.





Tras ese paso subterráneo Odeyn lanzó el esperado sprint. Lo di todo esos primeros metros para que no se me fuese, y me costó la vida. Pero no había viajado a bélgica para perder una media maratón en los últimos 50 metros, por lo que ya con el arco de meta como referencia, eché el resto. La acidosis y la descoordinación al esprintar me recordaron al de aquella San Silvestre de Oviedo de 2013 en la que conseguí ser tercero in extremis. Confetis al aire, giro la cabeza casi sin querer y veo que Odeyn está justo detrás, cierro los ojos y me exprimo hasta intuir (que no ver) haber cruzado el arco de meta. ¡VICTORIA! 



No me lo podía creer, en uno de los sprints más agónicos que recuerdo había conseguido ganar la media Maratón de Kasterlee. Lo más gratificante fue el saludo y felicitación del hombrecillo de la organización que el día antes había dado por supuesto la victoria de Seppe Odeyn. El pódium lo completó el atleta francés Florent Fenrich, un mediofondista con marcas destacables en 1500 (3:53) y 3000 obstáculos (8:55), que no pudo seguir los cambios de ritmo de los últimos dos kilómetros.



Con frío en el cuerpo corrí hasta el coche a cambiarme y volver de nuevo a meta para recibir a Dani y Pablo, que con 1h 39' llegaron a meta felices y cerrando la undécima etapa del reto de la 12 medias ¡Ya solo te queda Lisboa, a por ella! 




Pero lo mejor de todo fue el post-carrera. Las carreras como esta en las que todo el pueblo se vuelca con ellas, suelen ir acompañadas de un trato al corredor espectacular, pero la de Kasterlee superó las expectativas. Una carpa con cerveza, pasta y buen ambiente nos tuvo entretenidos a los dos mil participantes antes de disfrutar de la ceremonia de trofeos. 



Cada día valoro más estas oportunidades que me da la vida, ya no estoy hablando solo de ganar o hacer pódiums, sino de poder compartir pequeñas aventuras con amigos y disfrutar, que para dos días que estamos en esta vida es de lo que se trata.


¡Carpe Diem!


domingo, 25 de septiembre de 2016

IRONMAN 70.3 DE SANTA CRUZ (CALIFORNIA): Fin de fiesta de un gran mes americano

Han pasado dos semanas pero aún perdura el regustillo dulce de haber vivido mi primera experiencia triatlética en Estados Unidos. A 10000 metros de altitud, volando de San Francisco a Frankfurt, empiezo la historia de una carrera diferente, una carrera que confirma lo que en Valencia pensé para mis adentros, y aun sigo pensado: queda mucho que aprender y mucho que disfrutar en la distancia de medio Ironman. 



A estas alturas ya todos sabéis el desenlace de la historia, pero quiero detenerme un poco más en el prólogo y en lo acontecido por el camino hacia esa línea de meta en la arena de “Main Beach” de Santa Cruz de California. 

Todo empezó tras el Campeonato de España de Media distancia de Valencia. Allí terminé mi primer medio Ironman pasando por fases de sufrimiento que nunca antes había sentido compitiendo. Pese al buen resultado, la carrera tuvo unos cuantos "peros", que me hicieron replantear objetivos para lo que quedaba de temporada. Mi cuerpo necesitaba regenerar después de varios meses exigiéndole demasiado, y fue durante ese periodo de descanso físico y mental cuando me inscribí al Ironman 70.3 de Santa Cruz (USA), que se celebraría coincidiendo con mi estancia de doctorado en la capital californiana del surf. Animado por mi compañero de trabajo, Borja y empujado por mi culo inquieto, que no me deja estar parado, me enrolé en esta aventura de la que hoy guardo un buen recuerdo.

Con el culpable de todo esto en la sala de "tortura" de la UCSC
Era la primera vez que cruzaba el charco, y lo haría acompañado de mi cabra. El miedo que tenía a que la compañía aérea me la liara con el transporte de la bici hizo que me planteara si participar o no, pero al final facturé la Avenger TM6 que me montaron esta temporada los amigos de Esta Bikes y, por suerte, la bici llegó intacta. No quiero pasar por alto el detalle de que Lufthansa es una buena compañía aérea para viajar con material deportivo. Son todo facilidades a la hora de meter tu bici en el avión, no me cobraron por ello y el trato de la bici fue estupendo. Un 10 para ellos.

Pista de atletismo en el Campus de la Universidad de Santa Cruz
Fue un mes, exactamente, el tiempo que tuve para preparar esta carrera en tierra americana. Durante este mes viví una de mis mejores experiencias laborales combinada con semanas de intenso entrenamiento y buenas sensaciones. No recuerdo haber metido tanto volumen como esos días, en los que casi llegaba a las 20 horas semanales. Una preparación exprés pero efectiva, después de un Julio de semi-relax competitivo. El único "pero" que le pongo a mi preparación fue la comida. Acostumbrado a la rutina de Santander y a seguir a pies juntillas las recomendaciones nutricionales de Juan Carlos Llamas, en Santa Cruz me desmadré ligeramente, aunque el relax y la posibilidad de descansar más que en España compensaban esta parte y cada día sentía que iba a más.

La base de mi preparación se centró en tres aspectos “diferentes” respecto a lo que solía hacer en España. El primero fue el entrenamiento diario de bici, utilizándola como medio de transporte para desplazarme de casa al trabajo (12 km), del trabajo al gimnasio y piscina (10 km) y de nuevo del trabajo a casa (12 km). En total casi 35 km diarios sobre una bici pesada, de paseo y cargada con alforjas, y siempre procurando tomarme los desplazamientos como si fueran series cortas. A parte de grandes sudadas que me obligaban a ir a todos los lados con ropa de repuesto, conseguí mejorar una barbaridad sobre las dos ruedas y con solo 4 días de 60-90 km de cabra llegué más que preparado a la carrera.

El mejor sistema de entrenamiento
El segundo cambio fue meter todos los entrenos de carrera a pie en ayunas, tanto los rodajes, como las series y los fartleks. ¿Y por qué? Pues porque en USA me iba muy pronto para la cama y me despertaba a las 6 de la mañana. La mejor forma de hacer tiempo hasta la hora de ir a trabajar era aprovechando para correr. Y pese a que había días en que el cuerpo pedía cama, en general fui cogiendo una adaptación a correr con niveles bajos de glucógeno que creo que fue clave para no decaer en la media maratón final del medio Ironman.
El tercer cambio fue aumentar considerablemente el volumen y los días de entrenamiento de natación, pasando de 4000 metros semanales que estaba haciendo de media, a más de 10000, incluyendo series cortas y largas. Las sensaciones y los ritmos nadando volvieron a ser los que antaño e incluso mejores, dejando de lado los fantasmas natatorios que me llevaban acompañando toda la temporada.

Piscina de la Universidad de Santa Cruz. Nos acabamos haciendo amigos.
Y así llegó el fin de semana de la prueba. Primera carrera que hago de la franquicia Ironman y segunda vez que corro la distancia medio Ironman. Haber encadenado cuatro semanas de casi 20 horas de entrenamiento y una semana de regeneración me permitieron conocer al milímetro los límites de mi cuerpo y me daban la confianza suficiente para exprimirlo un poco más que en Valencia.

Caos de boxes... ¿cuánto dinero en bicis hay ahí metido?
A la carrera se apuntaron casi 3000 personas, entre ellos 40 profesionales, con gente de Top 10 mundial (Michael Weiss, Jesse Thomas, Drew Scott, Ben Hoffman o Denis Chevrot) y que están en la puesta a punto para el mundial de Kona de este año. Además, la presencia de grupos de edad de todo el continente americano en busca de un slot para el Campeonato del mundo de 2017 hacían de este Triatlón el más numeroso y con más nivel de cuantos he participado. Mismamente, en mi grupo de edad, 25-29 años, éramos más de 200 inscritos, y solo los 3 primeros tendrían plaza para el Mundial. 

Sin ningún objetivo más allá que el de darlo todo y rendir al 100 % de mis posibilidades, me planté en el arco se salida, junto al famoso Boardwalk de Santa Cruz, lugar emblemático de la ciudad con su parque de atracciones y paseo marítimo. Me tocó hacerlo en la última tanda, pues 3000 personas son demasiadas para dar una única salida, y tuvieron que dividirnos con el objetivo de evitar el drafting en bici y las aglomeraciones en el agua o en la carrera a pie. Incluso dentro de mi grupo de edad se dieron dos salidas distintas, espaciadas 4 minutos. Como digo, a mí me tocó en la última de las últimas (para que os hagáis una idea, hubo salidas desde las 6:50 am hasta las 8:06 am).

Pre-carrera. Cara de... "¿quién me mandaría a mí meterme en este lío?"
Sin haber tocado el mar desde la última nadada en el Sardinero (dos meses antes), tenía dudas de cómo respondería al neopreno, al frío del agua y al agobio de una carrera. Por el contrario, las buenas sensaciones en piscina aliviaban ligeramente la tensión. Cogí posición en primera fila, rodeado de gorros verdes, color distintivo de la segunda mitad de triatletas del grupo de edad 25-29 años. La otra primera mitad había salido 4 minutos antes portando gorros azules.

Una de las tandas de salida (no es la mía)
A las 8:06am exactamente sonó la bocina y enfilé lo más recto posible la línea de boyas que marcaba la vuelta al pantalán de Santa Cruz. Los primeros metros fueron angustiosos, salí por el medio y el que tenía a mi izquierda se empeñó en nadar contra mí en vez de ir recto... ¿Pero no veía que la maldita boya estaba de frente y no a su derecha? Me paré para que se cruzara por delante y se perdiera él solo, y así no recibir más mamporros. Sin embargo, este parón tan cerca de la salida hizo que la marabunta que me seguía se me echará encima, teniendo que pegarme un buen calentón para volver a recuperar la posición. 

Natación sencilla rodeando el pantalán
Tardé 300 metros en encontrar mi sitio y en poder nadar limpiamente. Cuando llegó la calma por fin pude observar el panorama y encontré nadando en paralelo a un chico que parecía tener más ritmo que yo (John Piirainen). El resto de gorros verdes habían desaparecido ¿iría en cabeza? Me puse a pies del chico de mi derecha y pronto empezamos a adelantar gorros de todos los colores, que habían salido en tandas precedentes. “¡No pierdas de vista el gorro verde!” me iba diciendo cada vez que mi compañero de viaje se me escapaba un poco. 

La carrera se había convertido en un divertido slalom y eso la hacía más entretenida. De vez en cuando trataba de levantar la cabeza y buscar más gorros verdes pero ni rastro de ellos. ¿En qué posición iría? Nunca lo supe, pero intuía estar haciendo una buena natación. A falta de una boya para tocar la arena me separé de mi compañero y elegí enfilar la playa por la izquierda, mientras que él lo hizo por la derecha. Tocamos tierra a la vez, tras recorrer 2100 metros de brazadas en poco más de 28 minutos, y salí el 5º de mi grupo de edad del agua, aunque eso no lo sabía.


Neopreno fuera y empieza mi carrera
La transición hasta boxes era de 750 metros, corriendo descalzo por asfalto. Al salir con los pies fríos y medio dormidos, no noté la dureza del camino y lo hice adelantando gente de todas las edades, tónica general de una carrera en la que al grupo de edad más potente le hacen salir en la última tanda. ¡Y claro!, te encuentras a gente por el camino que va de paseo, grupos de personas que salen a otra cosa distinta a la que sales tú, y eso es peligroso. ¡Ojo!, que no estoy criticando que haya gente que sea lenta, yo también lo sería desde el punto de vista de los pros, por ejemplo, sino que deberían organizarse los turnos de salida pensando un poco más en la seguridad de los triatletas.

Laaaaaarga transición...
Llegué sin problemas a mi bici, bebí un trago se Isotónico de Keepgoing y arranqué hacia la zona de montaje. De nuevo, tanta gente mayor paseando, charlando y a otra cosa menos a competir, me obligó a tener que salirme por las piedras que delimitaban el pasillo de boxes, corriendo con la bici al hombro, porque el atasco que se montó fue monumental. 

Pequeño salto sobre la cabra y ¡a gastar rueda!
 Empezamos el sector ciclista lloviendo. Y eso, sumado a las curvas del Westcliff, al tráfico de triatletas y a vaho de la visera del casco que no me dejaba ver, hizo que me tomase con mucha calma los primeros 6 km hasta coger la Highway 1.

Activando el limpia. No se veía un carajo.


Una vez llegado ese punto metí la mano en el compartimento de la comida para coger una pastilla de sales y.... ¡Bingo! Allí no había nada, ninguna de las 3 pastillas que había metido y tampoco ninguna de las dos barritas Triforza. Se me había caído la comida nada más salir y no me había dado ni cuenta. Sin  duda una faena gorda cuando por delante te quedan 90 km de bici y una media maratón. Me pase los primeros kilómetros por la Highway 1 replanteando mi estrategia de alimentación. Me quedaban 700 ml de Triforza y 3 geles disueltos en agua que debía dosificar. También debía procurar no saltarme ningún avituallamiento líquido y tratar de beber isotónico en cada uno de ellos.

Un timbre en el manillar hubiese estado bien.
Con la cabeza funcionando y el constante adelantar a gente, no encontraba mi ritmo, hasta que en el km 10 un triatleta de mi grupo de edad me adelantó y por fin conseguí conectar con la carrera de nuevo y enchufarme. Le cojo la referencia, y me cuesta un poco seguirle, pero lo hago. Los kilómetros van pasando y los repechos que tan duros me parecían en los entrenos, ese día eran “tachuelillas” sin importancia. Las piernas parecían responder y el ritmo era alto. Pero la alegría y la motivación de seguir a este chico (Jeremy Stagg) se me terminaron cuando él, al girar la cabeza y verme unos metros por detrás, se pegó un buen calentón y desapareció de mi vista.
Fue imposible seguirle y tampoco quería calentarme de esa forma con más de 65 km por delante. Me vi solo de nuevo. Solo en cuanto a encontrarme a alguien con un ritmo similar, porque en realidad solo nunca estuve, siempre había gente a quien adelantar. 

Ahora sí. ¡Gas a fuego!
La niebla y humedad que habían condicionado el inicio del segmento, desaparecieron y, por lo menos, la visibilidad era buena. Pasamos por Davenport, donde empecé a cruzarme con los “Pros”, que ya volvían. Habían salido más de una hora antes que yo y además iban a un ritmo endiablado. Sin enterarme, llegamos al desvío de Swanton, un tramo de unos 5 km por una carretera estrecha y un asfalto roto que no permitía ir acoplado en ningún momento, y si lo hacías, corrías el riesgo de darte una buena leche por culpa de los baches.
En una pequeña recta en subida llegó el primer avituallamiento. Cogí una botella de Powerade y tras darle un breve trago tuve que tirarla porque se acababa la zona de tirar la basura. Una de las cosas a tener en cuenta era que apenas daban 30 metros para beber después de coger el bote, si te pasabas ya no podías tirar la botella. 

Y entre medias algo también sufrí
Después del avituallamiento llegó el único puertecillo que teníamos que subir; dos kilómetros al 8%. Corto pero duro para los desarrollos de la cabra. Subí alegre y haciendo slalom entre triatletas. Coroné y me tiré hacia abajo por las peligrosas curvas que nos llevaron de nuevo a retomar la Highway 1. Nunca me la juego bajando y esta vez no iba a ser menos. Si en la subida me harté a pasar gente, en la bajada, por el contrario, me puse detrás de una chica y bajé al ritmo de mis acompañantes en ese momento. Pequeño respiro antes de volver a acoplarme en mi Avenger y no cambiar de posición en los restantes 50 kilómetros. 

Bajada de Swanton.
Nada más reincorporarnos a la autovía, me adelanta un chico del grupo de edad 20-24 (podíamos saber la edad porque la llevábamos pintada en el gemelo). Buen momento para coger la referencia de alguien con aparente buen ritmo. A unos 50  metros me mantuve hasta que llegamos a Pescadero, punto de giro y vuelta para Santa Cruz. Cada vez me encontraba mejor. Ir bebiendo de los geles me estaba dando un puntito extra y me sentía con fuerza. En uno de los repechos adelanté al chico que me precedía y metí una marcha más. Aunque me acordé del consejo de Fernando Barroso de intentar ir dos puntos por debajo de tu límite en bici, las sensaciones eran tan buenas que las piernas me pedían marcha, y yo se la iba a dar.

Seguimos avanzando
Rodé como hacía mucho que no recordaba, en busca de recortar distancia con los primeros de mi grupo de edad, si es que había gente delante, porque realmente no sabía la posición en la que me encontraba. Cuando avistamos Santa Cruz sentí un chute extra de adrenalina, pero me contuve e hice desacoplado y soltando piernas los últimos kilómetros por Westcliff.

Último empujón por Westcliff
Me iba cruzando con triatletas que estaban ya en la carrera a pie, y mi cabeza empezaba a visualizar los pasos a dar en la transición. Debía acordarme de coger los dos geles que dejé preparados, pues los que la organización daba en los avituallamientos eran demasiado espesos e imposibles de tragar corriendo, por lo menos para mí.

Llegué al campo de fútbol del “Depot Park”, lugar donde se encontraban los boxes, y corrí hasta mi sitio. Bici colocada, calcetines puestos, zapatillas, gorra, geles al bolsillo y ¡a correr! Por delante 21 km entretenidos, por zonas habituales de entrenamiento durante el mes previo en Santa Cruz. 

Soltando piernas antes de bajarme a correr.
Como digo, no tenía ni idea de en qué puesto iba, pero la intuición me decía que estaba haciendo una buena carrera. La intuición y el tiempo marcado en bici, el mismo que el del ganador absoluto del año pasado, a una media por encima de 38 km/h, y con la sensación de haber perdido bastante tiempo por el camino a causa del tráfico que me fui encontrando. 

Salí corriendo de boxes a ritmo ligero, pero no tan alocado como en Valencia, donde aprendí que empezar los 2 primeros km a 3:20 convertiría el final del sector en una tortura. 
Subí la rampa de inicio hasta Westcliff y puse la directa. Las sensaciones eran increíbles, buenísimas y el ritmo de 3:35 me permitía ir cómodo y fijándome en lo que pasaba a mi alrededor. Una de las motivaciones de este inicio de carrera era encontrarme con Borja, quien estaba siguiendo la prueba a través de la aplicación de móvil de Ironman, y donde estaba publicado el puesto real actualizado cada pocos kilómetros.

Empieza la fiesta. Rezando para no petar como en Valencia
No fue hasta casi al final de Westcliff cuando me lo encontré. A mi izquierda, en bicicleta, escuché una voz conocida: “¡Vas muy bien!”. Sí, sí, eso está cojonudo, pensé, pero… ¿Cómo voy de puesto? Le pregunté. ¡Segundo!, me dice. Mi reacción fue de sorpresa y a la vez rabia y ganas de luchar por la victoria. ¿A cuánto voy del primero? “A cinco minutos ibas al bajarte de la bici”, me contestó. ¡Puf! Cinco minutos son muchos, pero confiaba en mi carrera a pie, así que puse una marcha más y me lancé inconsciente de si al primero le estaba recortando o por el contrario se me estaría yendo aun más.

¿esto pica para arriba o soy yo?
Por el camino me salté los tres primeros avituallamientos. No quería perder ni un segundo. Y el kilómetro siete, cuando estaba tomándome el primer gel de Keepgoing, me pareció que el triatleta que me precedía a unos 100 metros era un chico joven. ¿Será él? Casi dejo el gel a medias de las ganas que tenía de pasarle, y en menos de un kilómetro confirmé mis sospechas al leer en su pierna la edad de 28 años. 

Cogiendo ritmo en el km 7
Era él, Jeremy Stagg, el que mejor sector ciclista había hecho y quien hasta el momento lideraba la carrera en mi grupo de edad. Le devolví la jugada en mi terreno, la carrera a pie, y le adelanté en una bajada. Dejé pasar unos segundos tras pasarle antes de girar la cabeza ver que no había hecho amago de seguirme. Buena señal, aunque era mejor no relajarse.
Entramos en un camino estrecho de “trail” que nos llevaría hasta los acantilados de Wild Ranch. Zona preciosa para correr disfrutando del paisaje. Quedaba la mitad y esta vez sí empecé a beber agua en los avituallamientos. La verdad es que iba sin sed, con el estómago perfecto y sin ningún síntoma de deshidratación, pese a no haber podido comer en la bici tras perder las sales y las barritas en la transición. 

Pasado el ecuador de la carrera a pie me crucé con Sandy y Sarah, mujer e hija de Mike, que iban camino al avituallamiento para trabajar como voluntarias. Siguieron pasando los kilómetros e inconscientemente me relajé, aunque intentaba que el ritmo no se me fuera por encima de 3:45’/km.
Me lo puso difícil el 2418 jejeje

Camino de Westcliff volví a encontrarme con Borja. Estaba más nervioso que yo, y está vez fui yo mismo quien le informó que ya iba primero. “¡Disfruta!”  Me dijo. Y no había duda, eso es lo que pensaba hacer los 3 kilómetros restantes por la famosa carretera costera hasta la playa.
Me dio tiempo a pensar, a reírme y a emocionarme a la vez, incluso de saludar a la cámara y hablar para algún video que me hizo Borja. No me preocupé del tiempo, solo de disfrutar el momento.
Último kilómetro y veo a Mike, una motivación más antes de lanzarme cuesta abajo hacia la arena de la playa y encontrarme casi sin querer con la línea de meta. Primer puesto de mi grupo de edad y mejor tiempo del día de todos los Grupos de Edad, oí que anunciaba el Speaker por megafonía mientras dejaba que me colgarán la medallita de “Finisher”.



Simplemente... ¡FELIZ!
Tiempo final de 4 horas, 13 min y 3 segundos, mejor marca real en la distancia Medio Ironman (en Valencia hice 4:06 pero eran 10 km menos de bici, unos 18 min más teóricos). Y en la media maratón conseguí hacer 1h 16 min, sin sufrir ningún bajón y de forma constante, dentro de lo posible, pues la zona de “trail” y las cuestas rompían el ritmo.

Meta (el tiempo que aparece es el que pasó desde que salieron los Pros)
Sin duda, puedo decir que el Medio Ironman de Santa Cruz ha sido el triatlón más completo que he hecho hasta la fecha y de los que mejores sensaciones me ha dejado. Haber desconectado durante el mes de Julio me permitió coger con fuerza y ganas para esta carrera y disfrutar de la preparación exprés del último mes hasta llegar a ella.

Pódium GE 25-29 años (custodiado por cuatro cachorros americanos)

¡Meca! ¿Hay que volver a USA?
Pero no acaba todo aquí, tras la ceremonia de entrega de premios por grupos de edad llegó la hora del reparto de “slots” para el Campeonato del Mundo de Ironman 70.3 que se disputará en Chattanooga, Estado de Tennessee (USA) en Septiembre del próximo año. Clasificarme no estaba en mis planes pero en esta vida las mejores experiencias vienen sin querer. Estoy aprendiendo lo importante que es vivir el momento y disfrutar de cada una de las oportunidades que se me presente... ¡quién sabe dónde vamos a estar el día de mañana! Así que acepté mi plaza y ya tengo objetivo para el próximo año. Motivante e ilusionante, sin duda.

Con Sandy, Mike y Borja

Y para cerrar la crónica una foto, de nuevo, con el culpable de todo esto.
Y para terminar quiero acordarme de una cita que escribió mi amigo Diego en su blog, y copio aquí literalmente: "me fui con una maleta y vuelvo con una vida". Camino de España de nuevo tengo que ser consciente de lo que este viaje ha supuesto para mí en todos los sentidos y dar las gracias a los que han sido partícipes de este, mi primer sueño americano.


 Habrá más...
                    ... y que dure...