domingo, 25 de septiembre de 2016

IRONMAN 70.3 DE SANTA CRUZ (CALIFORNIA): Fin de fiesta de un gran mes americano

Han pasado dos semanas pero aún perdura el regustillo dulce de haber vivido mi primera experiencia triatlética en Estados Unidos. A 10000 metros de altitud, volando de San Francisco a Frankfurt, empiezo la historia de una carrera diferente, una carrera que confirma lo que en Valencia pensé para mis adentros, y aun sigo pensado: queda mucho que aprender y mucho que disfrutar en la distancia de medio Ironman. 



A estas alturas ya todos sabéis el desenlace de la historia, pero quiero detenerme un poco más en el prólogo y en lo acontecido por el camino hacia esa línea de meta en la arena de “Main Beach” de Santa Cruz de California. 

Todo empezó tras el Campeonato de España de Media distancia de Valencia. Allí terminé mi primer medio Ironman pasando por fases de sufrimiento que nunca antes había sentido compitiendo. Pese al buen resultado, la carrera tuvo unos cuantos "peros", que me hicieron replantear objetivos para lo que quedaba de temporada. Mi cuerpo necesitaba regenerar después de varios meses exigiéndole demasiado, y fue durante ese periodo de descanso físico y mental cuando me inscribí al Ironman 70.3 de Santa Cruz (USA), que se celebraría coincidiendo con mi estancia de doctorado en la capital californiana del surf. Animado por mi compañero de trabajo, Borja y empujado por mi culo inquieto, que no me deja estar parado, me enrolé en esta aventura de la que hoy guardo un buen recuerdo.

Con el culpable de todo esto en la sala de "tortura" de la UCSC
Era la primera vez que cruzaba el charco, y lo haría acompañado de mi cabra. El miedo que tenía a que la compañía aérea me la liara con el transporte de la bici hizo que me planteara si participar o no, pero al final facturé la Avenger TM6 que me montaron esta temporada los amigos de Esta Bikes y, por suerte, la bici llegó intacta. No quiero pasar por alto el detalle de que Lufthansa es una buena compañía aérea para viajar con material deportivo. Son todo facilidades a la hora de meter tu bici en el avión, no me cobraron por ello y el trato de la bici fue estupendo. Un 10 para ellos.

Pista de atletismo en el Campus de la Universidad de Santa Cruz
Fue un mes, exactamente, el tiempo que tuve para preparar esta carrera en tierra americana. Durante este mes viví una de mis mejores experiencias laborales combinada con semanas de intenso entrenamiento y buenas sensaciones. No recuerdo haber metido tanto volumen como esos días, en los que casi llegaba a las 20 horas semanales. Una preparación exprés pero efectiva, después de un Julio de semi-relax competitivo. El único "pero" que le pongo a mi preparación fue la comida. Acostumbrado a la rutina de Santander y a seguir a pies juntillas las recomendaciones nutricionales de Juan Carlos Llamas, en Santa Cruz me desmadré ligeramente, aunque el relax y la posibilidad de descansar más que en España compensaban esta parte y cada día sentía que iba a más.

La base de mi preparación se centró en tres aspectos “diferentes” respecto a lo que solía hacer en España. El primero fue el entrenamiento diario de bici, utilizándola como medio de transporte para desplazarme de casa al trabajo (12 km), del trabajo al gimnasio y piscina (10 km) y de nuevo del trabajo a casa (12 km). En total casi 35 km diarios sobre una bici pesada, de paseo y cargada con alforjas, y siempre procurando tomarme los desplazamientos como si fueran series cortas. A parte de grandes sudadas que me obligaban a ir a todos los lados con ropa de repuesto, conseguí mejorar una barbaridad sobre las dos ruedas y con solo 4 días de 60-90 km de cabra llegué más que preparado a la carrera.

El mejor sistema de entrenamiento
El segundo cambio fue meter todos los entrenos de carrera a pie en ayunas, tanto los rodajes, como las series y los fartleks. ¿Y por qué? Pues porque en USA me iba muy pronto para la cama y me despertaba a las 6 de la mañana. La mejor forma de hacer tiempo hasta la hora de ir a trabajar era aprovechando para correr. Y pese a que había días en que el cuerpo pedía cama, en general fui cogiendo una adaptación a correr con niveles bajos de glucógeno que creo que fue clave para no decaer en la media maratón final del medio Ironman.
El tercer cambio fue aumentar considerablemente el volumen y los días de entrenamiento de natación, pasando de 4000 metros semanales que estaba haciendo de media, a más de 10000, incluyendo series cortas y largas. Las sensaciones y los ritmos nadando volvieron a ser los que antaño e incluso mejores, dejando de lado los fantasmas natatorios que me llevaban acompañando toda la temporada.

Piscina de la Universidad de Santa Cruz. Nos acabamos haciendo amigos.
Y así llegó el fin de semana de la prueba. Primera carrera que hago de la franquicia Ironman y segunda vez que corro la distancia medio Ironman. Haber encadenado cuatro semanas de casi 20 horas de entrenamiento y una semana de regeneración me permitieron conocer al milímetro los límites de mi cuerpo y me daban la confianza suficiente para exprimirlo un poco más que en Valencia.

Caos de boxes... ¿cuánto dinero en bicis hay ahí metido?
A la carrera se apuntaron casi 3000 personas, entre ellos 40 profesionales, con gente de Top 10 mundial (Michael Weiss, Jesse Thomas, Drew Scott, Ben Hoffman o Denis Chevrot) y que están en la puesta a punto para el mundial de Kona de este año. Además, la presencia de grupos de edad de todo el continente americano en busca de un slot para el Campeonato del mundo de 2017 hacían de este Triatlón el más numeroso y con más nivel de cuantos he participado. Mismamente, en mi grupo de edad, 25-29 años, éramos más de 200 inscritos, y solo los 3 primeros tendrían plaza para el Mundial. 

Sin ningún objetivo más allá que el de darlo todo y rendir al 100 % de mis posibilidades, me planté en el arco se salida, junto al famoso Boardwalk de Santa Cruz, lugar emblemático de la ciudad con su parque de atracciones y paseo marítimo. Me tocó hacerlo en la última tanda, pues 3000 personas son demasiadas para dar una única salida, y tuvieron que dividirnos con el objetivo de evitar el drafting en bici y las aglomeraciones en el agua o en la carrera a pie. Incluso dentro de mi grupo de edad se dieron dos salidas distintas, espaciadas 4 minutos. Como digo, a mí me tocó en la última de las últimas (para que os hagáis una idea, hubo salidas desde las 6:50 am hasta las 8:06 am).

Pre-carrera. Cara de... "¿quién me mandaría a mí meterme en este lío?"
Sin haber tocado el mar desde la última nadada en el Sardinero (dos meses antes), tenía dudas de cómo respondería al neopreno, al frío del agua y al agobio de una carrera. Por el contrario, las buenas sensaciones en piscina aliviaban ligeramente la tensión. Cogí posición en primera fila, rodeado de gorros verdes, color distintivo de la segunda mitad de triatletas del grupo de edad 25-29 años. La otra primera mitad había salido 4 minutos antes portando gorros azules.

Una de las tandas de salida (no es la mía)
A las 8:06am exactamente sonó la bocina y enfilé lo más recto posible la línea de boyas que marcaba la vuelta al pantalán de Santa Cruz. Los primeros metros fueron angustiosos, salí por el medio y el que tenía a mi izquierda se empeñó en nadar contra mí en vez de ir recto... ¿Pero no veía que la maldita boya estaba de frente y no a su derecha? Me paré para que se cruzara por delante y se perdiera él solo, y así no recibir más mamporros. Sin embargo, este parón tan cerca de la salida hizo que la marabunta que me seguía se me echará encima, teniendo que pegarme un buen calentón para volver a recuperar la posición. 

Natación sencilla rodeando el pantalán
Tardé 300 metros en encontrar mi sitio y en poder nadar limpiamente. Cuando llegó la calma por fin pude observar el panorama y encontré nadando en paralelo a un chico que parecía tener más ritmo que yo (John Piirainen). El resto de gorros verdes habían desaparecido ¿iría en cabeza? Me puse a pies del chico de mi derecha y pronto empezamos a adelantar gorros de todos los colores, que habían salido en tandas precedentes. “¡No pierdas de vista el gorro verde!” me iba diciendo cada vez que mi compañero de viaje se me escapaba un poco. 

La carrera se había convertido en un divertido slalom y eso la hacía más entretenida. De vez en cuando trataba de levantar la cabeza y buscar más gorros verdes pero ni rastro de ellos. ¿En qué posición iría? Nunca lo supe, pero intuía estar haciendo una buena natación. A falta de una boya para tocar la arena me separé de mi compañero y elegí enfilar la playa por la izquierda, mientras que él lo hizo por la derecha. Tocamos tierra a la vez, tras recorrer 2100 metros de brazadas en poco más de 28 minutos, y salí el 5º de mi grupo de edad del agua, aunque eso no lo sabía.


Neopreno fuera y empieza mi carrera
La transición hasta boxes era de 750 metros, corriendo descalzo por asfalto. Al salir con los pies fríos y medio dormidos, no noté la dureza del camino y lo hice adelantando gente de todas las edades, tónica general de una carrera en la que al grupo de edad más potente le hacen salir en la última tanda. ¡Y claro!, te encuentras a gente por el camino que va de paseo, grupos de personas que salen a otra cosa distinta a la que sales tú, y eso es peligroso. ¡Ojo!, que no estoy criticando que haya gente que sea lenta, yo también lo sería desde el punto de vista de los pros, por ejemplo, sino que deberían organizarse los turnos de salida pensando un poco más en la seguridad de los triatletas.

Laaaaaarga transición...
Llegué sin problemas a mi bici, bebí un trago se Isotónico de Keepgoing y arranqué hacia la zona de montaje. De nuevo, tanta gente mayor paseando, charlando y a otra cosa menos a competir, me obligó a tener que salirme por las piedras que delimitaban el pasillo de boxes, corriendo con la bici al hombro, porque el atasco que se montó fue monumental. 

Pequeño salto sobre la cabra y ¡a gastar rueda!
 Empezamos el sector ciclista lloviendo. Y eso, sumado a las curvas del Westcliff, al tráfico de triatletas y a vaho de la visera del casco que no me dejaba ver, hizo que me tomase con mucha calma los primeros 6 km hasta coger la Highway 1.

Activando el limpia. No se veía un carajo.


Una vez llegado ese punto metí la mano en el compartimento de la comida para coger una pastilla de sales y.... ¡Bingo! Allí no había nada, ninguna de las 3 pastillas que había metido y tampoco ninguna de las dos barritas Triforza. Se me había caído la comida nada más salir y no me había dado ni cuenta. Sin  duda una faena gorda cuando por delante te quedan 90 km de bici y una media maratón. Me pase los primeros kilómetros por la Highway 1 replanteando mi estrategia de alimentación. Me quedaban 700 ml de Triforza y 3 geles disueltos en agua que debía dosificar. También debía procurar no saltarme ningún avituallamiento líquido y tratar de beber isotónico en cada uno de ellos.

Un timbre en el manillar hubiese estado bien.
Con la cabeza funcionando y el constante adelantar a gente, no encontraba mi ritmo, hasta que en el km 10 un triatleta de mi grupo de edad me adelantó y por fin conseguí conectar con la carrera de nuevo y enchufarme. Le cojo la referencia, y me cuesta un poco seguirle, pero lo hago. Los kilómetros van pasando y los repechos que tan duros me parecían en los entrenos, ese día eran “tachuelillas” sin importancia. Las piernas parecían responder y el ritmo era alto. Pero la alegría y la motivación de seguir a este chico (Jeremy Stagg) se me terminaron cuando él, al girar la cabeza y verme unos metros por detrás, se pegó un buen calentón y desapareció de mi vista.
Fue imposible seguirle y tampoco quería calentarme de esa forma con más de 65 km por delante. Me vi solo de nuevo. Solo en cuanto a encontrarme a alguien con un ritmo similar, porque en realidad solo nunca estuve, siempre había gente a quien adelantar. 

Ahora sí. ¡Gas a fuego!
La niebla y humedad que habían condicionado el inicio del segmento, desaparecieron y, por lo menos, la visibilidad era buena. Pasamos por Davenport, donde empecé a cruzarme con los “Pros”, que ya volvían. Habían salido más de una hora antes que yo y además iban a un ritmo endiablado. Sin enterarme, llegamos al desvío de Swanton, un tramo de unos 5 km por una carretera estrecha y un asfalto roto que no permitía ir acoplado en ningún momento, y si lo hacías, corrías el riesgo de darte una buena leche por culpa de los baches.
En una pequeña recta en subida llegó el primer avituallamiento. Cogí una botella de Powerade y tras darle un breve trago tuve que tirarla porque se acababa la zona de tirar la basura. Una de las cosas a tener en cuenta era que apenas daban 30 metros para beber después de coger el bote, si te pasabas ya no podías tirar la botella. 

Y entre medias algo también sufrí
Después del avituallamiento llegó el único puertecillo que teníamos que subir; dos kilómetros al 8%. Corto pero duro para los desarrollos de la cabra. Subí alegre y haciendo slalom entre triatletas. Coroné y me tiré hacia abajo por las peligrosas curvas que nos llevaron de nuevo a retomar la Highway 1. Nunca me la juego bajando y esta vez no iba a ser menos. Si en la subida me harté a pasar gente, en la bajada, por el contrario, me puse detrás de una chica y bajé al ritmo de mis acompañantes en ese momento. Pequeño respiro antes de volver a acoplarme en mi Avenger y no cambiar de posición en los restantes 50 kilómetros. 

Bajada de Swanton.
Nada más reincorporarnos a la autovía, me adelanta un chico del grupo de edad 20-24 (podíamos saber la edad porque la llevábamos pintada en el gemelo). Buen momento para coger la referencia de alguien con aparente buen ritmo. A unos 50  metros me mantuve hasta que llegamos a Pescadero, punto de giro y vuelta para Santa Cruz. Cada vez me encontraba mejor. Ir bebiendo de los geles me estaba dando un puntito extra y me sentía con fuerza. En uno de los repechos adelanté al chico que me precedía y metí una marcha más. Aunque me acordé del consejo de Fernando Barroso de intentar ir dos puntos por debajo de tu límite en bici, las sensaciones eran tan buenas que las piernas me pedían marcha, y yo se la iba a dar.

Seguimos avanzando
Rodé como hacía mucho que no recordaba, en busca de recortar distancia con los primeros de mi grupo de edad, si es que había gente delante, porque realmente no sabía la posición en la que me encontraba. Cuando avistamos Santa Cruz sentí un chute extra de adrenalina, pero me contuve e hice desacoplado y soltando piernas los últimos kilómetros por Westcliff.

Último empujón por Westcliff
Me iba cruzando con triatletas que estaban ya en la carrera a pie, y mi cabeza empezaba a visualizar los pasos a dar en la transición. Debía acordarme de coger los dos geles que dejé preparados, pues los que la organización daba en los avituallamientos eran demasiado espesos e imposibles de tragar corriendo, por lo menos para mí.

Llegué al campo de fútbol del “Depot Park”, lugar donde se encontraban los boxes, y corrí hasta mi sitio. Bici colocada, calcetines puestos, zapatillas, gorra, geles al bolsillo y ¡a correr! Por delante 21 km entretenidos, por zonas habituales de entrenamiento durante el mes previo en Santa Cruz. 

Soltando piernas antes de bajarme a correr.
Como digo, no tenía ni idea de en qué puesto iba, pero la intuición me decía que estaba haciendo una buena carrera. La intuición y el tiempo marcado en bici, el mismo que el del ganador absoluto del año pasado, a una media por encima de 38 km/h, y con la sensación de haber perdido bastante tiempo por el camino a causa del tráfico que me fui encontrando. 

Salí corriendo de boxes a ritmo ligero, pero no tan alocado como en Valencia, donde aprendí que empezar los 2 primeros km a 3:20 convertiría el final del sector en una tortura. 
Subí la rampa de inicio hasta Westcliff y puse la directa. Las sensaciones eran increíbles, buenísimas y el ritmo de 3:35 me permitía ir cómodo y fijándome en lo que pasaba a mi alrededor. Una de las motivaciones de este inicio de carrera era encontrarme con Borja, quien estaba siguiendo la prueba a través de la aplicación de móvil de Ironman, y donde estaba publicado el puesto real actualizado cada pocos kilómetros.

Empieza la fiesta. Rezando para no petar como en Valencia
No fue hasta casi al final de Westcliff cuando me lo encontré. A mi izquierda, en bicicleta, escuché una voz conocida: “¡Vas muy bien!”. Sí, sí, eso está cojonudo, pensé, pero… ¿Cómo voy de puesto? Le pregunté. ¡Segundo!, me dice. Mi reacción fue de sorpresa y a la vez rabia y ganas de luchar por la victoria. ¿A cuánto voy del primero? “A cinco minutos ibas al bajarte de la bici”, me contestó. ¡Puf! Cinco minutos son muchos, pero confiaba en mi carrera a pie, así que puse una marcha más y me lancé inconsciente de si al primero le estaba recortando o por el contrario se me estaría yendo aun más.

¿esto pica para arriba o soy yo?
Por el camino me salté los tres primeros avituallamientos. No quería perder ni un segundo. Y el kilómetro siete, cuando estaba tomándome el primer gel de Keepgoing, me pareció que el triatleta que me precedía a unos 100 metros era un chico joven. ¿Será él? Casi dejo el gel a medias de las ganas que tenía de pasarle, y en menos de un kilómetro confirmé mis sospechas al leer en su pierna la edad de 28 años. 

Cogiendo ritmo en el km 7
Era él, Jeremy Stagg, el que mejor sector ciclista había hecho y quien hasta el momento lideraba la carrera en mi grupo de edad. Le devolví la jugada en mi terreno, la carrera a pie, y le adelanté en una bajada. Dejé pasar unos segundos tras pasarle antes de girar la cabeza ver que no había hecho amago de seguirme. Buena señal, aunque era mejor no relajarse.
Entramos en un camino estrecho de “trail” que nos llevaría hasta los acantilados de Wild Ranch. Zona preciosa para correr disfrutando del paisaje. Quedaba la mitad y esta vez sí empecé a beber agua en los avituallamientos. La verdad es que iba sin sed, con el estómago perfecto y sin ningún síntoma de deshidratación, pese a no haber podido comer en la bici tras perder las sales y las barritas en la transición. 

Pasado el ecuador de la carrera a pie me crucé con Sandy y Sarah, mujer e hija de Mike, que iban camino al avituallamiento para trabajar como voluntarias. Siguieron pasando los kilómetros e inconscientemente me relajé, aunque intentaba que el ritmo no se me fuera por encima de 3:45’/km.
Me lo puso difícil el 2418 jejeje

Camino de Westcliff volví a encontrarme con Borja. Estaba más nervioso que yo, y está vez fui yo mismo quien le informó que ya iba primero. “¡Disfruta!”  Me dijo. Y no había duda, eso es lo que pensaba hacer los 3 kilómetros restantes por la famosa carretera costera hasta la playa.
Me dio tiempo a pensar, a reírme y a emocionarme a la vez, incluso de saludar a la cámara y hablar para algún video que me hizo Borja. No me preocupé del tiempo, solo de disfrutar el momento.
Último kilómetro y veo a Mike, una motivación más antes de lanzarme cuesta abajo hacia la arena de la playa y encontrarme casi sin querer con la línea de meta. Primer puesto de mi grupo de edad y mejor tiempo del día de todos los Grupos de Edad, oí que anunciaba el Speaker por megafonía mientras dejaba que me colgarán la medallita de “Finisher”.



Simplemente... ¡FELIZ!
Tiempo final de 4 horas, 13 min y 3 segundos, mejor marca real en la distancia Medio Ironman (en Valencia hice 4:06 pero eran 10 km menos de bici, unos 18 min más teóricos). Y en la media maratón conseguí hacer 1h 16 min, sin sufrir ningún bajón y de forma constante, dentro de lo posible, pues la zona de “trail” y las cuestas rompían el ritmo.

Meta (el tiempo que aparece es el que pasó desde que salieron los Pros)
Sin duda, puedo decir que el Medio Ironman de Santa Cruz ha sido el triatlón más completo que he hecho hasta la fecha y de los que mejores sensaciones me ha dejado. Haber desconectado durante el mes de Julio me permitió coger con fuerza y ganas para esta carrera y disfrutar de la preparación exprés del último mes hasta llegar a ella.

Pódium GE 25-29 años (custodiado por cuatro cachorros americanos)

¡Meca! ¿Hay que volver a USA?
Pero no acaba todo aquí, tras la ceremonia de entrega de premios por grupos de edad llegó la hora del reparto de “slots” para el Campeonato del Mundo de Ironman 70.3 que se disputará en Chattanooga, Estado de Tennessee (USA) en Septiembre del próximo año. Clasificarme no estaba en mis planes pero en esta vida las mejores experiencias vienen sin querer. Estoy aprendiendo lo importante que es vivir el momento y disfrutar de cada una de las oportunidades que se me presente... ¡quién sabe dónde vamos a estar el día de mañana! Así que acepté mi plaza y ya tengo objetivo para el próximo año. Motivante e ilusionante, sin duda.

Con Sandy, Mike y Borja

Y para cerrar la crónica una foto, de nuevo, con el culpable de todo esto.
Y para terminar quiero acordarme de una cita que escribió mi amigo Diego en su blog, y copio aquí literalmente: "me fui con una maleta y vuelvo con una vida". Camino de España de nuevo tengo que ser consciente de lo que este viaje ha supuesto para mí en todos los sentidos y dar las gracias a los que han sido partícipes de este, mi primer sueño americano.


 Habrá más...
                    ... y que dure...


sábado, 30 de julio de 2016

Clontarf Half Marathon (Dublín): ¡DIANA, Temple Bar y otros menesteres!

El verano va pasando y una semana después de haber comprobado que la forma no se pierde tan rápidamente, puse rumbo a Dublín para acompañar a mi amigo Pablo Ibarguren en una parte de su reto de completar 12 medias maratones en 12 países distintos en 12 meses. La delegación astur-cántabra-madrileña (Pablo, Javi, Marta, Haritz y yo) desembarcó en la capital Irlandesa con el objetivo de combinar deporte y turismo en un mismo fin de semana. La Media Maratón de Clontarf (barrio al Noreste de Dublín) fue la prueba elegida por el bueno de Pablo para cumplir con la prueba correspondiente al mes de Julio. Por mi parte, ninguna pretensión más allá de disfrutar de un fin de semana de vacaciones, pero siempre con la idea de salir a darlo todo en carrera.



El sábado por la mañana amanecimos los 5 valientes bien tempranito, y devoramos unos copos de avena en el "Cottage" antes de poner rumbo a la zona de la salida. Las nubes negras y la amenaza constante de lluvia nos acompañaron mientras nos íbamos acercando al costero barrio de Clontarf. 



El ambiente que vi al llegar no tiene nada que ver con el de las carreras en España. En Irlanda los populares son populares de verdad, y eso se notó desde el primer momento. La gente súper tranquila, nada de tensión en el ambiente y la sensación de que íbamos a dar un paseo en vez de a correr una Media Maratón. Aún así, entre los más de 2000 participantes, por estadística, alguno habría que quisiera salir a competir, digo yo. Por si acaso me puse las voladoras y el pantaloncito corto del Selaya (desentonando un poco con la mayor parte de la gente). Hice bien, porque cuando me fui a colocar en primera fila ya se veía otro panorama. Entre esos miles de corredores sí que había unos cuantos con pinta de correr.



A las 10 de la mañana y con una fina lluvia se dio la salida por el estrecho paseo marítimo de Clontarf. Me coloco con los primeros nada más salir, pero sin dar la cara porque prefiero ir conociendo al personal. El ritmo al comienzo es bastante tranquilo y para mi sorpresa, nada más pasar el primer kilómetro nos habíamos quedado 4 corredores, nada más, en cabeza. ¿Qué es esto? Estaba claro que el nivel no era muy alto, así que con 20 kilómetros por delante hice lo que nunca suelo hacer: irme solo. ¿Locura? pues no lo sé, pero cuando pasé por la pancarta del kilómetro dos y empecé a pensar que me iba a tener que meter los 19 kilómetros restantes yo solo, se me quitaron las ganas. 



Afortunadamente, mi acelerón provocó la ruptura del grupo en el que iba y la reacción de un atleta que pronto se convertiría en mi mejor aliado. El ídolo local Gary O´Hanlon, ganador de las últimas ediciones de esta carrera y atleta veterano con muy buenas marcas (2:21 en la maratón de Londres de este año, por ejemplo) era quien me iba recortando terreno, hasta que en el kilómetro 3.5, y coincidiendo con el inicio del segmento sobre la arena de algo más de tres kilómetros, se unió a mí. "Hi, I´m Gary, nice to meet you" me espetó en un perfecto inglés irlandés a la vez que me estrechaba la mano. Fue el inicio de una conversación cuanto menos curiosa. Durante todo el tramo de arena nos presentamos y nos contamos nuestra vida en prosa, en verso y de todos las maneras posibles; no sin dificultad, pues mi oído no está muy acostumbrado al acento irlandés y a veces me costaba un poco entenderle. ¡Qué majete el Gary! Fue sin duda lo mejor de la carrera, poder ir conversando con él, y escuchando batallitas de este veterano corredor. 

Cuando salimos del arenal aún nos quedaban 4 kilómetros hasta el giro de 180 grados para después volver a meta por el mismo camino. La conversación seguía, pero no tan viva como antes. He de reconocer que corriendo a algo menos de 3:30 cuesta mantener la palabra. Pero gracias a esto la primera parte de la carrera se me pasó volando y sin darme cuenta llegamos al giro para emprender la vuelta. Mismo recorrido y nuevo paso por la playa. El viento lateral era bastante molesto y hacía que mis piernas se chocaran una con otra, dándome la sensación de ir descoordinado. Los primero kilómetros tras el giro, aunque ya hablásemos, también se hicieron amenos porque nos íbamos cruzando con todos los participantes. Yo iba fijándome para saludar a mis compis de viaje. El primero en cruzarse conmigo fue Pablo, con su eterna sonrisa en la boca. Poco después Javi y a unos metros Marta. Todos llevaban buen aspecto, por lo que me alegré bastante y me dio ánimos para seguir apretando. Poco a poco Gary fue cediendo metros. No me lo esperaba, porque un tío de 2:21 en maratón debería ser capaz de correr a ritmos de 3:15 sin problema, que es cómo íbamos en ese momento, pero tendría un mal día o no sé que le pasaría. 

Ya en solitario afronté el duro tramo por la arena, esta vez mucho más duro que en la ida, y no solo por la falta de compañía, sino por el viento, que en ese segmento soplaba de cara. Aun así, cada vez que giraba la cabeza veía a Gary más lejos... Fue entonces cuando se produjo la anécdota graciosa del día. El señor que habría la carrera en bicicleta y que en la ida había ido cómodamente pedaleando con el viento a favor, a la vuelta debió de entrarle la pájara y el pobre iba con una cara de desencajado y sufriendo más que nosotros. Le adelanté y le pregunté que si estaba bien, y me dijo que se le estaba haciendo larga la prueba. El problema de pasar a la bici que abría carrera es que ya no me podían marcar el circuito, pero más o menos me acordaba de la ida. Fui completando los últimos kilómetros con muy buenas sensaciones y disfrutando, hasta que a falta de unos metros para meta, y ya en el último tramo con viento a favor, el hombre de la bici pudo pasarme y llegar antes que yo, aunque sin tiempo para avisar por megafonía de que llegaba el primero, por lo que de mi victoria no se enteró ni el tato jejejeje. 



Como dije al principio, ambiente popular, y me encanta. Entré con un tiempo de 1 hora 13 min y 55 segundos, que para haber hecho 7 kilómetros de arena y habiendo pasado parte de la carrera conversando con Gary, no está mal. Gary entró un minuto después, y el tercero creo que 3 o 4 minutos más tarde.

Con Gary
Me reencontré con Haritz nada más terminar, quien tampoco se había enterado de mi llegada, y un rato después con Pablo y Javi, que entraron entre los 200 primeros. Marta decidió volver despacito y no completar la carrera, lo cual nos supuso un gran susto, porque no la veíamos aparecer y empezamos a comernos la cabeza con que pudiera haberle pasado algo.



En definitiva, una carrera chula, popular, con un ambiente increíble, y nuevos amigos irlandeses hechos ¿se puede pedir más? pues sí, y fue lo que hicimos después, turismo, gastronomía y buena fiesta.







¡Gracias por este gran fin de semana!

domingo, 3 de julio de 2016

10 km Renault Street Run de Oviedo 2016: Viviendo de rentas

Tres semanas de inactividad competitiva y de descanso activo tras el Medio de Valencia fueron suficientes para regenerar cuerpo y mente, recuperar los kilos de la “felicidad”, como yo les llamo, y volver a vestirse de corto para comprobar hasta qué punto se puede vivir de rentas.

En una preciosa mañana de verano y en la tranquila (en fechas estivales) ciudad de vetusta, se dio cita la edición de este año de los 10 kilómetros de Oviedo, patrocinada en esta ocasión por Renault, y que forma parte de un circuito a nivel nacional de esta distancia.

Volver a correr en casa siempre motiva y es un aliciente, pero hacerlo sin estar al 100% y después de haber ganado la San Silvestre y, el año pasado, esta misma prueba, hace que uno se ponga un poco de presión. Pero no, no iba a salir a los 10 kilómetros de Oviedo presionado, iba a hacerlo para disfrutar-sufriendo por las calles de mi ciudad.



Tranquilo y relajado bajé, como de costumbre, trotando desde casa hasta la calle Uría, salida y meta de la carrera. Aproximadamente 600 inscritos (más que público) listos para dar un par de vueltas a un circuito de ida y vuelta hasta el barrio ovetense de la Florida. En parrilla de salida viejos conocidos que volvían a por la corona carbayona, como Pablo Ibáñez, y  también otros rivales duros como Adrián Iglesias, Fernando Canellada, Máximo Cordero, Alfredo Begega… o “el menda” que aquí escribe y que, en la medida de lo posible, iba a intentar hacer algo decente en la prueba.

Alargué el calentamiento hasta un poco más de media hora para terminar de soltar los mocos que tengo agarrados a la garganta por el catarro de esta última semana, y con la tráquea medio limpia me coloqué en primera línea. No me gusta ser protagonista de la película al principio, pero salir bien posicionado es importante para evitar tropezones y controlar la cabeza de carrera desde el comienzo.



Se da el pistoletazo de salida y no tarda nada en estirarse el grupo. Pablo Ibáñez nos pone en fila antes de terminar Uría y girar hacia independencia. ¡¡Puff!! ¡Qué poco acostumbradas tengo las piernas a estos ritmos! Rezando para que la musculatura se adapte rápido llegamos a la primera subida a Viaducto Marquina, en la que el ritmo se ralentiza, y yo lo agradezco. Sé que cuando enfilemos la Losa, Pablo va a poner su ritmo y, muy probablemente se va a ir. Dicho y hecho, lo que tardó en ponerse la carretera plana fue lo que tardó Iba en emprender su aventura en solitario. Por detrás me quedé yo, agazapado a la sombra de Adrián Iglesias, Alfredo Begega y Máximo Cordero. No quería perder la estela de este tren, pues en él iban dos de los vagones candidatos a los tres puestos de pódium. Poco antes del kilómetro tres y cuando le estaba cogiendo el punto a la carrera, Adrián cambió el ritmo y se fue sólo a por Pablo. Yo me quedé detrás de Begega y Máximo, aguantando como podía el intento de ambos de cerrar el hueco con Adrián. En la bajada a Viaducto Marquina, Arturo Prieto, que hacía la carrera de 5 km, nos adelanta como un obús. Me imaginé que ese cambio sería para entrar ya a meta y ni yo ni ninguno de los del grupo hizo ademán de seguirle. Al disputarse en paralelo la prueba de 5 km y la de 10km, corríamos el riesgo de cebarnos con los que iban a por la corta, y eso me pasó a mí cuando en el kilómetro 4,5 Máximo aceleró ligeramente y yo, pensando que era rival para la de 10 kilómetros, me calenté más de la cuenta y sufrí para que no se me fuera esa rueda… Pero al pasar por meta para iniciar la segunda vuelta y ver que él se mete en la de 5km me vine abajo… ¡La hemos liado! Pensé.



Me encuentro en tierra de nadie, con media carrera por delante y con un ritmo que sé que va a ir a menos… Ya no recordaba lo que era sufrir así. Decido, por tanto, bajar el pistón y dejar que Alfredo Begega vuelva a contactar conmigo para ir acompañado toda la última vuelta. La falta de series y de ritmos altos en las piernas no me daban confianza para tirar yo solo, por lo que me refugié a la estela de Begega, que me dio caza antes del kilómetro 6. ¡Cómo me hizo sufrir! Del 6 al 7 a punto estuve de tirar la toalla, pero pensar en renunciar a un pódium en Oviedo cuando lo tienes tan a tiro es como clavarte un pincho en el culo, te hace saltar más y sufrir lo indecible. Al girar en la Florida y afrontar la vuelta ya no quedaba otra… Había que lucharlo. Afortunadamente el ritmo no fue a más, e incluso nos dimos un pequeño respiro tras comprobar que el tercer y cuarto puesto iba a estar entre nosotros y que no nos seguía nadie cerca.

En un panorama similar al vivido el año pasado con Fernando Canellada, pero esta vez luchando por ser tercero en vez de primero (y gracias), enfilamos el último kilómetro situado en mitad de la Calle Uría. Ya se huele la meta, y no sé que tienen las metas en Oviedo que te anestesian del dolor y te dan la sensación de tener una marcha más. Con la idea de cambiar el ritmo a falta de 400-500 metros, fuimos recorriendo la Calle Uría, y en el mismo escenario del pasado año, junto al Filarmónica, saqué esa marchita que tenía guardada y pude despegarme de Alfredo para entrar tercero en meta y disfrutar, inesperadamente, de un pódium cimentado en las rentas de este año 2016, que, sorprendentemente, dieron bastante de sí.



33:06 fue el tiempo que tardé en completar los 10 (o un pelín más) kilómetros de recorrido, casi e mismo tiempo que el año pasado pero en un estado de forma mucho peor. Está claro que año a año la base aeróbica mejora y la capacidad de sufrimiento también, por lo que con menos haces igual o más. Los dos primeros… en otra liga. Hoy me hubiese gustado llegar en las mismas condiciones que en Navidad para estar con ellos, con Adrián (1º) e Iba (2º), pero no pudo ser, y sus cajones en el pódium se los ganaron más que merecidamente. De hecho, agradecido estoy de poder compartirlo con ellos, aunque sea mirándoles desde abajo.




Y tras este calentón vacacional va siendo hora de volver a ponerse serio… Nuevos retos nos esperan, nuevos objetivos y nuevas motivaciones. A partir de la semana que viene empieza la caña de nuevo… Algo gordo se está cocinando….

¡¡KEEP GOING!!!


miércoles, 22 de junio de 2016

CAMPEONATO DE ESPAÑA DE TRIATLÓN DE MEDIA DISTANCIA: El debut en 1/2 Ironman

Cuando el 1 de Noviembre del pasado año decidí pasar por la consulta del Doctor Llamas, jamás imaginé que iba a estar hoy escribiendo una crónica como esta. Hasta ese momento nunca había seguido una dieta ni había tenido un entrenador que me planificara las semanas; simplemente iba haciendo lo que me parecía, copiando de quienes creía que lo hacían bien y aprendiendo día a día. Pero esta temporada, y tras 5 haciendo duatlón y triatlón, decidí dar un paso más: ponerme en manos del más reputado especialista en nutrición que hay en Cantabria y experimentar conmigo mismo lo que supone someterse a un plan rígido y serio durante una temporada. Recuerdo en aquella primera consulta que Juan Carlos me preguntó cuáles eran los objetivos del año. Me costó tener que discernir entre lo que es objetivo y lo que no, pues mi planteamiento del deporte se basaba en ir día a día, sin picos de forma y con objetivos a corto plazo. El concepto me iba a hacer cambiar el chip, y como respuesta rápida, sin pensarlo, le solté: "ganar la San Silvestre de Oviedo". Se quedó extrañado ante tal petición, faltaban dos meses y le estaba pidiendo un objetivo demasiado a corto plazo, pero lo logramos. Ya en la siguiente consulta volvimos a plantearnos la misma pregunta y ahí nació la idea que acaba de culminar hacer unas horas, con el Medio Ironman de Valencia. Dicha prueba, además del Mundial de Duatlón de Avilés, serían las metas de mi preparación. Es complicado concentrarse en objetivos tan a largo plazo, pero, tras el éxito de la preparación para la San Silvestre de Oviedo, sabía que Juan Carlos iba a saber conducirme de la mejor manera hasta estos dos fines de semana que finalmente resultaron increíbles. ¿Cuál fue el truco para la mejora de rendimiento? Pues muy sencillo: TODO. Cambié en todos los aspectos: el doble de horas de entrenamiento, ajustar al milímetro la dieta y dichos entrenos en función de la fase de la temporada y la suplementación, básica para recuperar. Con ello conseguí bajar de 72 a 67 kg en 2 meses, perdiendo 9kg de grasa y ganando 2 kg de masa muscular. Además, incorporé en la rutina semanal dos sesiones de gimnasio que, sin duda, me dieron el punto de fuerza que me faltaba.



Y volviendo a lo más reciente, una semana después del Mundial de Avilés y con las piernas aún bastante destrozadas después de darlo todo en mi tierra, puse rumbo a Valencia, junto al presi del Bender, Pablo Gutiérrez para, como digo yo, hacerme un auto-regalo de fin de temporada, (a día de hoy no es el fin, habrá novedades) y estrenarme la distancia de Medio Ironman. Era mi debut en este tipo de pruebas y el entrenamiento que llevo haciendo todo el año va enfocado a la corta distancia, pero bueno, algún día había que probar y fue Valencia el escenario escogido, un 12 de junio de 2016.



Coincidió que, además, esta prueba era Campeonato de España de la modalidad, por lo que congregó a lo mejorcito del panorama nacional de media distancia. Se disputaba, simultáneamente, el Campeonato de España Élite y el de Grupos de Edad. Como era la primera, no me atreví a inscribirme con los 100 “gallos” de la Élite y me fui a apuntar, junto a más de 1000 personas, a la carrera de Grupos de Edad, en la que lucharía por un puesto con gente de 25 a 29 años y me aseguraba no tener que sufrir con los tiempos de corte que se establecen para la categoría ELITE. 

Llegamos a Valencia el día antes de la prueba. Muchos nervios, para mí era todo nuevo, una carrera larga en la que la que hay que comer e hidratarse siguiendo unas pautas estrictas. Durante la semana previa intenté asesorarme pidiendo consejo a gente con experiencia como Fernando Barroso, para decidir cómo organizar el tema de los geles, barritas y bebida en bici. Gracias a sus consejos y a las pautas de Juan Carlos Llamas, opté por la siguiente estrategia: en la bici un botellín con geles disueltos en agua (6 en total) y otro con Triforza, de Keepgoing, que son hidratos (amilopectina) para recargar los depósitos de glucógeno rápidamente. Pegado al cuadro puse una barrita Energy Fruit de Keepgoing y 3 pastillas de Sales. Y en boxes dejé un botellín con Hipotónico Full Energy para beber en las transiciones y un gel con cafeína para el inicio de la carrera a pie. Dicho así parecía demasiado complicado y, sobre todo, el miedo que tenía era que mi estómago no lo asimilara correctamente, pues yo nunca como nada entrenando. Además de esto, la idea era beber y comer de lo que nos dieran en los avituallamientos de carrera.



Con la bici preparada en boxes y la compleja logística alimentaria resuelta, llegó el madrugón del siglo el día de la carrera. Con salida prevista a las 7:45 en la playa de la Malvarrosa, me levanté a las 4:30 am para desayunar, y desde entonces los nervios no me dejaron descansar mucho más. Aún así, las sensaciones eran buenas, me notaba más suelto muscularmente que los anteriores, en los que las secuelas del destrozo de Avilés apenas me dejaron entrenar.



Casi 1000 triatletas de grupos de Edad fuimos congregándonos entorno a la salida de la natación. De mi grupo éramos aproximadamente 60 inscritos, pero no tenía controlado a nadie salvo a Felipe Santamaría (Buelna) y a Alex Rodríguez, que me ganó el pasado Domingo en el mundial de Avilés, llevándose la plata. Tampoco me preocupaba mucho quien corriera, el objetivo era acabar y hacerlo con buenas sensaciones que me dejaran ganas de repetir experiencia en la distancia Medio Ironman.



Con una puntualidad espartana se dio la salida de mi grupo de edad, en la misma tanda que los de 30-34. Me tomé la natación con muchísima calma. 



Los más de 2100 metros que marcaban las boyas colocadas para dar una vuelta, eran mi punto débil este año. No estoy nadando bien, al menos no como otros años, pues haber centrado la temporada en el duatlón me hizo dejar de lado la piscina. Por eso, este segmento debía tomármelo sin agobios. Y así hice. Salí tranquilo, evitando golpes y por el lado izquierdo. Traté de deslizar lo más que pude y nadar sin brusquedad. Camino de la primera boya fui superando rivales que, como yo, llevaban gorro de color blanco. Tras un eterno largo hasta el primer flotante, comenzó el caos. Empezamos a pillar a corredores de otros grupos de edad que iban con gorros de diferente color y perdí por completo la referencia de los gorros blancos. Aquello era un popurrí de colores indistinguible. Seguí nadando a mis anchas, sin preocuparme por ello y esquivando a la gente retrasada que había salido antes. Entre la primera y segunda boya tuve momentos de desorientación que me hicieron pararme para corregir la trayectoria y evitar nadar metros de más. Por fin llegó a la última boya y comienzamos el largo que nos llevaba a la arena. No veo nada hasta pasados unos metros, en los que tomo como referencia las banderas clavadas en la playa que marcaban en camino de boxes. Aunque no tengo la sensación de ir fuerte, noto que los brazos empiezan a pesar y que se me está haciendo larga la natación. ¡Y tanto que larga! Cuando toco la arena y miro el Garmin me marca ¡2200 metros! Bueno, no pasa nada, pienso “¿qué ye una faba en un cocido?” 





Poco a poco y con el freno de mano echado cruzo la playa en dirección a boxes entre triatletas de todos los grupos de edad mezclados. No veo a nadie con gorro blanco y no tengo ni idea de cómo voy, pero me da igual. Hago la T1 más tranquila de mi vida. Me paro en las duchas, me limpio los pies, bebo, me pongo el casco, dorsal y salgo a por los 82 km de ciclismo. Es la primera vez que hago una distancia tan larga de seguido con la cabra, y probar en carrera no es lo más recomendable, pero me veo fuerte en bici y eso me da confianza. Aun así, arranco la moto con dos “puntitos” menos de fuerza de lo que realmente tengo, haciendo caso a Fernando Barroso, que me había recomendado guardarme algo en este segmento. La agonía a la que estoy acostumbrado a ir en la bici en duatlones cortos no tiene nada que ver con la mentalidad con la que iba en Valencia. En los primeros kilómetros no hice más que pasar gente y gente y gente... Sin referencia de los de mi grupo de edad hasta el km 15 en el que me dicen que voy a ¡¡¡3 minutos y medio de Felipe!!! ¡Madre mía, me estoy durmiendo! 



Fue ahí, coincidiendo con el inicio de la subida, cuando decidí dar un "puntín" más y empezar a sufrir un poco. Aun con una marcha guardada en la recámara, seguí comiendo kilómetros y geles, sin encontrarme con nadie en bici que me pudiera servir de referencia. En el km 30 bebí el bote de sales del avituallamiento y hasta el momento no había tenido ningún problema con todo lo que iba metiendo al buche. Iba fresco de piernas y bien de estómago. La modificación de última hora del recorrido nos preparó una mini emboscada poco después de dicho avituallamiento, en forma de cuestecita en la que recurrí al plato pequeño. Hasta se agradece la subida, pues ponerse de pie ayuda a relajar las piernas después de tantos kilómetros acoplado, pero he de admitir que me pilló de improvisto y con media barrita en la boca que no tuve narices de tragar hasta llegar al alto.

Me iba fijando en los dorsales de los competidores a los que adelantaba pero no encontraba a nadie de mi grupo de edad. Ante tal desinformación solo quedaba apretar el culo, tirar hacia delante y quedarse satisfecho con el trabajo realizado. En esos kilómetros de subida adelanto a mi compi del Bender Lucía, que corría la carrera Elite femenina y que iba muy bien posicionada. Me cuesta adelantarla. De hecho, es de las chicas que más me cuesta pasar ¡Buena señal! Significa que está yendo fuerte y va a estar en la pomada del Campeonato de España. Una vez coronamos la “tachuelilla”, tan solo restaban 40 kilómetros a meta, y todos favorables. Primero una bajada sinuosa, pero preciosa, por el Parque Natural de la Sierra de la Calderona, en el entorno de Náquera y después las largas rectas en dirección a la capital del Turia. Plato grande, piñón de 12 dientes y a dar pedales. De verdad estaba disfrutando del segmento de bici, no solo por el recorrido sino porque, al contrario de lo que estoy acostumbrado en duatlones y triatlones cortos, en este caso nunca fui agónico y me permitía recrearme bastante con lo que iba viendo. En una de las largas rectas me devuelve el adelantamiento un chico de grupos de Edad pero que había salido antes que yo. Va con lenticular y me adelanta fuerte. Buena excusa para dar un poco más de mí y apretar. Le cojo la referencia, respetando ampliamente los 12 metros reglamentarios, y me lanzo detrás de él a por los últimos 20 kilómetros. Su ritmo decae cuando toca llanear o subir, momentos en los que me pongo yo al frente, pero en las bajadas me quita las pegatinas. Entretenido con este triatleta durante los últimos kilómetros, se me olvida tomar las pastillas de sales que tenía programadas. Aparentemente voy bien hidratado, pero todavía queda correr una media maratón, a 30 grados y con una humedad altísima, donde puede que eche de menos no haber tomado esas pastillitas. 



En el último avituallamiento aprovecho para guardarme de recuerdo un botellín de los que da la organización. Lo encajo en el portabidones trasero que tenía libre y al poco entramos en Valencia. Es una maravilla cruzar la ciudad con el tráfico cortado y tan anchas avenidas. Miro el cuentakilómetros y marca 80. Ya falta poco, pienso. Dicho y hecho. Entramos en el carril bici de la avenida paralela a la playa de la Malvarrosa. Al fondo se intuyen los boxes ¡qué bien voy! Me siento pletórico y con ganas de ponerme a correr. 



Me bajo de la bici a la vez que mi amigo de los últimos kilómetros, y llego sin problemas a mi box. No veo ninguna bici cerca. Buena señal. Los boxes están prácticamente desiertos, salvo el espacio de los Élite. El protocolo fue algo distinto al de los triatlones habituales. Esta vez no me atreví a salir sin calcetines a la carrera a pie, por lo que tras dejar la bici, me puse los calcetines, las zapatillas de correr, cogí un gel y salí dispuesto devorar los 21 kilómetros restantes a ritmo de Olímpico... ¿A dónde vas Pelayín? Fue la pregunta que me hice al pasar en 6’:50’’ por el kilómetro 2 (ritmo de 3:25’/km) y después de haber adelantado a más de 10 triatletas en la primera recta. Sin duda me dejé llevar por las sensaciones, pero pronto la musculatura me puso en mi sitio. Amago de calambre en el kilómetro dos y la gacela saltarina tuvo que poner el modo "caracol de supervivencia". Metro a metro empecé a sentirme mal. La mezcla de geles, barritas, isotónico, unido al calor, al esfuerzo y a la falta de práctica, convirtieron mi estómago en una centrifugadora. No me lo podía creer, estaba en el kilómetro 3 pidiendo la hora. Con un ritmo que iba en descenso, mermado por los problemas estomacales, fui cruzando la emblemática Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia rumbo al paseo paralelo al cauce del río Turia. Y en el kilómetro 5 exploté… y cuando digo “exploté” me refiero literalmente a tener que salirme del recorrido para hacer una visita al señor “Roca”. En mi vida me imaginé tener que parar en medio de una competición para evacuar, pero la Media Distancia me estaba enseñando su cara más desagradable. Un par de minutos después de la excursión me volví a incorporar al recorrido con la duda de si podría terminar. El ritmo alegre al que había salido de boxes era una utopía en ese momento, y con 16 kilómetros por delante no me quedó otra que olvidarme de ritmos y sobrevivir. Arrastrándome, poco a poco, tuve que volver a adelantar a todos los triatletas que había pasado en los dos primeros kilómetros. Muchos me preguntaban que de dónde había salido, que por qué les adelantaba dos veces. “Es que me gusta darle emoción a las carreras” les decía, jejeje.



Sin ninguna ambición más allá que la de terminar, buscaba entretener la mente con cualquier cosa. Durante un rato fui dando tumbos de lado a lado del paseo en busca de sombras, después corrí un ratito por la hierba, entre avituallamiento y avituallamiento (había uno cada 3 kilómetros) me tomaba un gel, y cuando pasé bajo la pancarta del kilómetro 7 me crucé con cabeza de carrera. Los Élite ya estaban de vuelta. Eso me iba a permitir coger referencias y contar cuantos Grupos de Edad iban por delante. Intento animar a los conocidos como Barroso, Sobrino o Dani Bayón, y mientras me entretenía contando dorsales, vi a lo lejos un tritraje amarillo del Buelna. Era Felipe, y lo tenía cada vez más cerca. Llegué a su altura en el kilómetro 9. Se le veía un poco tocado. Traté de animarle diciéndole que tenía la medalla a tiro, pero creo que no surgió efecto. Cuando golpea el hombre del mazo lo hace de verdad. 



Estaba a punto de llegar al punto de giro (ecuador de la media maratón), y las sensaciones, aunque no habían mejorado, sí que se habían estabilizado. Además, no me había cruzado con ningún grupo de edad, lo que quería decir que iba el primero en ese momento. ¡BIEN! Contento, pero prudente, giré en el kilómetro 10,5 para volver hacia meta. La retirada ya no era una opción, pues volver, había que volver, sí o sí, y el camino más corto era el marcado por el circuito. Cuando di el giro y vi que la ventaja con Felipe ya era de más de 2 minutos, me relajé un poco. La victoria estaba en mi mano, pero las piernas todavía tenían que correr bastante para confirmarla. 

Con más dificultad que antes seguí adelantando triatletas de la carrera Élite, hasta que llegué a uno que, más o menos, iba a mi ritmo. Me puse delante, me siguió un rato y luego me devolvió el adelantamiento. Esta va a ser mi rueda hasta meta, pensé. Miraba el reloj y el ritmo era de 4:10 aproximadamente ¡qué triste! Iba a todo lo que daban mis piernas a ritmo de calentamiento… ¿a esto se le puede llamar petar? Cada vez que había un bordillo que saltar, o una minicuesta que rompiera la mecánica de la zancada, los amagos de calambre aparecían. Pensé en lo que supondría tener que hacer una carrera a pie con cuestas de verdad… ¡qué dolor!



Salimos del cauce del río y ya solo quedaban tres kilómetros a meta. Aun tenía un gel en la mano, por si las moscas, y bien hice, porque en el kilómetro 19 me lo tuve que tomar. Mi compañero de viaje, que en ese momento marcaba el ritmo, pasó de ir a 4:10 a correr a 4:00 ¡y no pude seguirle! Me iba descojonando de la risa ¿estamos de broma? El caso es que cardiovascularmente tenía la sensación de ir a ritmo de rodaje lento, pero de piernas no iba. 

Hice de tripas corazón para no caminar en el último kilómetro. Dejo que se escape mi “liebre” y bajo el ritmo, tratando de disfrutar. Llego al paseo de la playa de la Malvarrosa. Tan solo 500 metros me separan de ser por primera vez Half Finisher. A 200 metros de la llegada, Noe me confirma que voy primero, pero en ese momento me da igual, solo quiero terminar de una vez, cruzar la meta e irme al hotel a tumbarme. Intento correr bonito por encima de la alfombra azul ¡Ni de coña! Casi la lío porque cada músculo de mi pierna tenía vida propia y parecían querer montar una orgía subiéndose los unos en los otros. ¡Solo unos metros! Oigo al speaker anunciar mi entrada y cruzo el arco azul recibiendo el mítico y apreciado abrazo del organizador de la prueba, Ximo. Acabo de terminar mi primer medio Ironman en 4 horas, 6 minutos y 57 segundos, y he sido primero de todos los Grupos de Edad. ¡Más de 750 inscritos y soy el primero! 



No me da tiempo a disfrutarlo demasiado, porque nada más cruzar la meta me pega un bajón de tensión que casi me tumba. Mareado y aturdido “huyo” de la zona de meta y me voy directo al hotel. Me encanta compartir los post-carrera con los triatletas que van acabando, pero no tengo ni un gramo de fuerza. Llego al hotel, aun no sé cómo, y me tumbo en la cama. Allí espero a que llegue Pablo, que lo hace un ratito después, tras 4 horas y 33 minutos de esfuerzo, que le auparon a la 127ª plaza de la general de grupos de edad ¡qué pedazo de resultado Pablito, cómo me alegro! Voy reviviendo poco a poco tras tomar el Recovery de Keepgoing, dos plátanos y una manzana. Tengo el estómago hecho mierda pero estas tres cosas me sientan de maravilla. Por dentro, siento la felicidad de haber sido capaz de sobreponerme a los imprevistos de la carrera a pie. El sufrimiento de las carreras largas es muy distinto al que estoy acostumbrado, pero no sabría deciros si peor o mejor, simplemente distinto. Da igual que hayas guardado nadando o en bici, que al final llegas vacío a meta. Aun así, esa sensación de vacío te hace sentir lleno, a mí por lo menos, y si eso se acompaña de una medallita de oro en el Campeonato de España mejor que mejor.





Tras recuperarnos en el hotel y dejar la habitación, nos dirigimos a boxes a por las bicis y después a la ceremonia de entrega de medallas. Allí nos juntamos con los amigos del Buelna: Felipe, Sergio, Luís y Noe. De ellos, Sergio fue bronce en su grupo de edad (30-34) mientras que Felipe se quedó finalmente sin medalla, pero consiguió terminar. Mérito enorme el suyo, viendo cómo iba en el kilómetro 9. Tras la ceremonia de entrega de medallas nos fuimos el séquito astur-riojano-cántabro a comer juntos al Burger King… Sí, somos un poco cutres, pero esas patatas y esa hamburguesa me supieron mejor que el caviar.



Y ya con unos días de reposo en las piernas y de asimilación de lo que fue un debut bastante, digamos, positivo, termino esta crónica describiendo la sensación que tengo respecto a la media distancia, y es que creo que hay mucho margen de mejora. La experiencia en este tipo de pruebas es fundamental para saber ir al límite. Yo creo no haber sabido, aunque terminé tocado, y que cuando haya hecho alguno más seré capaz de regularme mejor y rendir más al límite de mis posibilidades. Pero como no sé cuándo será esto, voy a disfrutar de lo que hay y del descanso competitivo que me voy a dar por un tiempo indefinido.

Espero no haberos aburrido mucho con esta crónica, pero una carrera así merecía ser bien contada.

Sean todos muy felices